Texto sobre los bares de Barcelona publicado en un número monográfico de la revista Barcelona Metrópolis Mediterránea (nº 3), titulado “Dissenyar a Barcelona” y editado con motivo del Any del Disseny 2003.

Muchos lectores pasarán página con sólo leer este titular. En especial los de las generaciones más jóvenes. Es comprensible. Se ha hablado tanto y tantas veces de los famosos bares de Barcelona de la dorada década de los ochenta, que finalmente ha degenerado en un cierto rechazo, en unos casos por empacho y en otros, simplemente, porque los tiempos cambian y generacionalmente ya toca. En ese sentido las revistas más modernas y tendenciosas comienzan a cargar contra ellos, o mejor dicho, contra lo que queda de ellos, que por desgracia no es otra cosa que la manida y lamentable etiqueta “de diseño”. Se ha abusado tanto del término que a estas alturas parece ya imposible que pueda recobrar su correcto significado. Es una batalla perdida. Todos sabemos que las drogas no son de diseño sino de laboratorio, pero la definición se ha hecho ya tan popular que incluso figura en los diccionarios. Y todos deberíamos saber que el interior de un bar, de cualquier bar, sea mejor o peor, de los setenta, de los ochenta o de este siglo en curso, nace siempre de un proyecto que ha sido pensado –diseñado– por alguien.

Diseñar es sinónimo de pensar, de crear, de tener ideas, y a ser posible de tener buenas ideas. Y las buenas ideas no pertenecen a un tiempo determinado. Locales míticos los ha habido siempre. Los hubo y los habrá. Cada época genera los propios y cada generación los preserva en la memoria mientras puede. Los que transitaron en los sesenta mantienen viva la llama de Boccacio y de los setenta todavía resuenan nombres como Zeleste o Bikini. Los bares de los ochenta siguen dando que hablar porque, ese mérito no se lo puede quitar nadie, contribuyeron decisivamente a la proyección de la ciudad, que en aquel momento andaba culturalmente acomplejada por los ecos de la movida madrileña. La luna volvió a ser de nuevo la mejor aliada de la creatividad y los bares de copas se convirtieron con ella en el mejor escaparate de la emergencia del diseño en nuestro país. Cambiaron radicalmente su apariencia para transformarse en templos de la noche, consagrados a la estética y proyectados con tanto celo que casi llegaron a convertirse en una especialidad del diseño, de la que en aquellos años podemos presumir de haber sido pioneros y líderes mundiales.

Cuando por el mundo apenas destacaba el parisino Café Costes, proyectado por un debutante Philippe Starck, aquí ya podíamos repartir la salida nocturna entre el Metropol, Boliche, Líquid, Zig-Zag, Distrito Distinto, Universal, y un largo etcétera. Incuso podíamos escoger entre lugares sofisticados o cutres, elegantes o siniestros, cálidos o fríos, barrocos o industriales, muchos de ellos memorables. Tanta oferta y tanto brillo no fue del todo una casualidad. La culpa la tuvo una generación de profesionales de la arquitectura que ante la lógica falta de grandes encargos que suele haber en todos los comienzos, se decidieron a volcar su ingenio en las pequeñas obras de interiorismo, primero en las tiendas de ropa y después en los bares. Gabriel Ordeig y Tonet Sunyer proyectaron el Bijou, Dani Freixas y Vicente Miranda el 33, Alfredo Vidal el KGB, Alfredo Arribas el Velvet, Eduardo Samsó el Nick Havanna… Basta con echar un vistazo a la trayectoria posterior de todos estos profesionales para justificar que todavía se hable de aquellos bares de los ochenta. Si la herencia de Boccacio fue la generación del Studi Per (Lluís Clotet, Pep Bonet, Cristian Cirici, Lluís Clotet, Mireia Riera y Óscar Tusquets) de la que nacerían empresas como BD Ediciones de Diseño, y la de Zeleste sacó a relucir nombres como los de Santiago Roqueta y Carlos Riart, por citar sólo algunos, los bares de los ochenta fueron la válvula de escape para la creatividad de un buen número de proyectistas que más tarde alcanzarían notoriedad.

Gracias a su labor los empresarios de la noche entendieron que invertir en diseño también podía ser un buen negocio, y con ello la cosa fue a más. Nacieron Si Si Sí, Otto Zutz, Zsa-Zsa, Seltz, Rothko… Al trabajo de los arquitectos se sumó el de modistos, artistas y sobre todo grafistas, de la talla de Alfonso Sostres, Pati Núñez, Claret Serrahima, Josep Bagá, America Sánchez o Peret, que dibujaron logotipos, carteles e incluso decoraciones. También se inventaron los flyers. Cuando todavía no se les llamaba así el Velvet ya repartía su estampita semanal que, como todo en el local, estaba cuidadosamente diseñada. Con Las Torres de Ávila se llegó al límite del detalle, también de la pompa, la exuberancia y la desmesura. El espectacular local del Pueblo Español lo proyectó Alfredo Arribas con la colaboración de Javier Mariscal, con el que anteriormente ya había trabajado en el Gambrinus. Arribas proyectó poco después el Standard, que pasó a la historia por tener una vida muy efímera. Después llegaron los refritos y sucedáneos. Había comenzado el declive. De una parte motivado por la dificultad que tenían los promotores para recuperar sus fuertes inversiones, y por otra porque se estaba cerrando un ciclo.

Hoy, sobre todo entre esas generaciones más jóvenes, hay quienes se mofan de los urinarios de acero inoxidable con cascada de agua incluida que había en algunos de aquellos locales. Por supuesto que están en todo su derecho de orinar donde les plazca, pero su espíritu crítico debe intentar no mear del todo fuera de tiesto. Los cambios de gustos son vertiginosos, además de positivos y necesarios. Aquellos bares de los ochenta cumplieron su función, y en su haber cuenta el mérito de haber contribuido a situar a Barcelona en la órbita del diseño internacional. Tanto es así, que todavía muchos de los que hoy nos visitan buscan aquellos locales que alguna vez admiraron impresos en el papel cuché. Descubrirán que muchos de ellos se han transformado y que otros ya ni siquiera existen. En su lugar encontrarán una nueva oferta de bares adecuada a los nuevos gustos. El tiempo dirá si merecen perdurar en la memoria.

10 locales históricos

KGB (Alegre de Dalt, 55. Barcelona). El KGB, que significa «Kiosko General de Barcelona», fue uno de los primeros locales que se hicieron famosos en la ciudad. También fue uno de los más originales e imitados. Tiene dos plantas y está ubicado en lo que antes fue un edificio industrial (una fábrica de teñidos y tintes textiles). Su estética fría, «de garaje», que ya era común a principios de los años 80 en ciudades como Londres o Nueva York, no tenía precedentes en Barcelona, por lo que pronto creó tendencia. Alfredo Vidal, que fue su promotor y también el arquitecto que lo diseñó, decidió hábilmente conservar en su proyecto los rasgos que delataban el uso original del edificio: las estructuras de los grandes ventanales (que se tapiaron y se reconvirtieron en huecos publicitarios), los grandes espacios de techos altos, el cemento para el suelo y las estructuras metálicas vistas. El logotipo de local es obra de America Sanchez (sin acentos, como le gusta escribir), y sus elementos de atracción más singulares eran las barras. Una espectacular, iluminada y móvil, y otra formada por barriles industriales pintados de llamativos colores, que se suprimió en las sucesivas reformas que con los años han ido alterando la arquitectura original del local. Actualmente funciona como discoteca y espacio de conciertos.

Si Si Sí (Avda. Diagonal, 442). Ha cambiado tantas veces de nombre que ya nadie lo reconoce, pero durante mucho tiempo se le conoció como Si Si Sí, que era su nombre original. Está situado en los bajos de un edificio modernista de la Diagonal. Es contemporáneo del KGB y a la vez absolutamente opuesto en su concepto. Si el KGB representaba la estética fría, el Si Si Sí era todo lo contrario, elegante, cálido y amable. El local, estrecho y profundo, fue resuelto con oficio y sabiduría por Gabriel Ordeig, uno de los profesionales más interesantes que ha dado el diseño catalán, también autor del exquisito Bijou. Ordeig era además de interiorista un excelente diseñador de lámparas, como demostró en las que hizo especialmente para el Si Si Sí y que después fueron copiadas hasta la saciedad. Para proyectar el resto del mobiliario recurrió a Carlos Riart, otro personaje irrepetible que dejó su firma en las mesas y las sillas. El proyecto de este bar se convirtió en una apuesta por los materiales nobles y cálidos, por la luz, el color y, en definitiva, por la tradición que también se refleja en las paredes estucadas y en la elección del mosaico hidráulico para un pavimento que se proyectó meticulosamente y que se construyó de manera totalmente artesanal. Con todo ello el Si Si Sí hizo honor al noble edificio que lo acogió.

Velvet (Balmes, 161). Con este local inició el arquitecto Alfredo Arribas su meteórica carrera. Tenía tan solo 32 años cuando lo proyectó y en aquella época sentía una especial fascinación por la estética de los años cincuenta y por filmes como Blue Velvet, que inspiró y dio nombre a este bar. Arribas tampoco ocultaba su admiración por la personalidad y los diseños de su colega italiano Carlo Molino, a quién rindió tributo rescatando para el mobiliario del Velvet sus diseños de mesas, sillas y taburetes. El Velvet encierra en su reducida superficie todo un universo de detalles. Es un espacio barroco, de formas curvas, texturas aterciopeladas y colores intensos. La antítesis de los locales fríos y del interiorismo minimalista que ya comenzaba a llegar. Esa es una de las razones por las que este lugar ha sido uno de los más concurridos de la ciudad y a la vez uno de los que mejor ha resistido el paso de los años. El bar tiene dos largas entradas –una en forma de rampa colgante– y entre ellas se sitúan, dentro de una caja de vidrio, unos lavabos donde tampoco faltan las sorpresas. A través de unas gruesas columnas revestidas de gresite se accede a la sala, que está presidida por una gran barra. La luz se tamiza a través de pantallas de alabastro y todo el espacio en su conjunto transmite una agradable sensación de calor que invita a probar la pequeña pista de baile situada en el centro.

Gambrinus (Moll de la Fusta, 12. DESAPARECIDO). Alfredo Arribas siempre ha demostrado una gran habilidad para rodearse de buenos colaboradores. Ha sabido escoger bien a los que trabajan a diario en su despacho, como es el caso de Miguel Morte, y también gusta de invitar a otros profesionales como compañeros de viaje para alguna de sus aventuras. En la del Gambrinus formó pareja por primera vez con Javier Mariscal, una relación feliz que todavía hoy perdura. Gambrinus formaba parte de un conjunto de cinco chiringuitos que se repartían a lo largo del Moll de la Fusta, el primer espacio del puerto de Barcelona que se recuperó para la ciudad, mucho antes de los Juegos Olímpicos de 1992. Todos los chiringuitos eran idénticos en su forma exterior y el Gambrinus se distinguía de los demás por la escultura de una gamba que Mariscal y Arribas colocaron sobre su cubierta. Los motivos marineros estaban también presentes en el interior, donde la barra tenía la forma del casco de un barco. El mobiliario de la terraza, que parecía reconstruido de los restos de un naufragio pirata, también presentaba el inconfundible sello de Mariscal. El local pasó por todos los usos, restaurante, bar y finalmente afther hours, poco antes de sucumbir a la piqueta. Sólo se salvó la gran gamba de aire fallero, que ahora está guardada a buen recaudo hasta que se le encuentre una nueva ubicación.

Nick Havanna (Rosellón, 208). Fue uno de los proyectos mejor resueltos y más ejemplares, desde el punto de vista del diseño, de cuantos le han dado fama a la capital catalana. Eduardo Samsó era por aquel entonces un joven arquitecto, meticuloso y muy detallista, que ya había cobrado fama por sus proyectos para diversas tiendas de moda, y que tuvo la fortuna de encontrarse con un hábil promotor de la noche, Javier de las Muelas, quien puso a su disposición un espacioso local y un holgado presupuesto para que este bar que tenía nombre de aventurero tropical se hiciera realidad. Samsó bordó un proyecto lleno de referencias y de detalles: el empleo del metal o del hormigón, el friso de estrellas rojas, la piel de vaca en el frontal de las barras, el mural de pantallas de televisión, la azulada cúpula de la que cuelga un péndulo diseñado por Ingo Maurer… y muy especialmente los lavabos, que en este lugar dejaban de ser un espacio descuidado y de servicio para convertirse en una más de las atracciones del local. Como sucedió en otros locales dedicados al ocio el Nick Havanna fue un auténtico campo de pruebas para la creatividad, y el diseño de los lavabos uno de sus más notables hallazgos. Incluida esa catarata de los urinarios que ahora es tan criticada por los que definen las nuevas tendencias.

Snoocker Club (Roger de Llùria, 42). En la línea del Si Si Sí estaba también el Snoocker, un bar con vocación de club donde además de tomar una copa se podía practicar la modalidad del billar que tiene el mismo nombre. No es de extrañar el parentesco entre ambos locales si se tiene en cuenta que el diseñador Carlos Riart y el arquitecto Santiago Roqueta participaron en el proyecto de ambos. En esta obra les acompañaron Oleguer Armengol y Víctor Mesalles. La luz, los materiales cálidos y nobles (ébano, raíz de olmo, haya), los espejos, el techo convexo y la sinuosa barra hicieron del Snoocker Club un local con personalidad, proyectado por profesionales veteranos que buscaban un lugar de reunión en la noche barcelonesa que fuese tranquilo, acogedor y también acorde con la edad de su generación, aquella que en los años sesenta y setenta frecuentaba las barras de los míticos Bocaccio y Zeleste.

Otto Zutz (Lincoln, 15). Se inauguró poco antes que el Snoocker y también se promocionaba como club. Aunque en una línea muy distinta. El Otto Zutz se ideó para atraer a la fauna más colorista de la ciudad y su espacio cosmopolita rompió de nuevo moldes. Al igual que el KGB también recuperaba un edificio que antes había tenido un uso industrial, pero en este caso la superficie era mucho mayor (repartida en varias plantas) y el proyecto arquitectónico se apoyaba en potentes juegos de luces y sombras. Incluso se diseñaron especialmente para él los focos Zutz, cuyo aspecto recuerda a unos grandes faros. Otra particularidad de este local nacido en 1985 con vocación de espacio cosmopolita fue que editaba su propio periódico nocturno con formato tabloide: Hora Zutz. La gráfica y la comunicación, diseñada por Alfonso Sostres, fueron otro de los pilares de su éxito. En su origen, la planta baja estaba dedicada a pista de baile. El suelo era de IPE, que es la madera que emplean algunas tribus amazónicas para construir sus casas sobre ríos o lagos y que, según dicen los buenos bailarines, por su equilibrio entre dureza y elasticidad, es la mejor superficie para bailar. La planta primera se caracterizaba por las pinturas murales del artista Viçens Viaplana, que actualmente ya no existen pero que una vez decoraron sus enormes las paredes. Viaplana las pintó con una escoba y sólo empleó los colores blanco, negro y gris. La última planta del Otto albergaba el privé, un espacio de estética más cálida donde también se servía comida.

Torres de Ávila (Marquès de Comillas, 25). El prestigio obtenido por Alfredo Arribas con el Velvet y el Gambrinus le sirvió para optar a realizar un encargo como el de las Torres de Ávila, donde tenía carta blanca para hacer realidad todo lo que su imaginación (y la de Mariscal, que no es poca) pudiera crear. Y lo hizo. El proyecto no era fácil puesto que debía acomodarse en el interior de las dos torres medievales que dan acceso al Pueblo Español. No quedó ni un solo rincón por diseñar. Arribas desplegó todos los recursos técnicos y escenográficos posibles: una pasarela suspendida por cables para el acceso desde la calle; una pirámide transparente –como la del Louvre– para cubrir el espacio entre la dos torres; plataformas suspendidas envueltas en fibra óptica; todo un catálogo de mobiliario diseñado especialmente para el local; un ascensor transparente para subir a la terraza y disfrutar de sus maravillosas vistas sobre la ciudad… Barroquismo y exuberancia. Las Torres de Ávila, más que un bar, fue una apabullante escenografía que llevó al límite la fórmula. Lamentablemente han desaparecido con el tiempo muchos de los elementos que configuraban el gran espectáculo que en sí mismo llegó a ser este bar.

Zsa Zsa (Rosellón, 156). El local del Zsa Zsa tenía una estructura similar a la del Velvet. Se repite en los edificios de esa zona de Barcelona, cuya superficie en planta baja está casi siempre partida en dos por la escalera de vecinos. Esto obliga a que el bar disponga de dos accesos simétricos y estrechos desde la fachada, a través de los cuales se llega al fondo del local, un espacio rectangular y bastante regular, pero donde no faltan tampoco otros obstáculos como son las columnas estructurales que sustentan el edificio. La caja que alberga la escalera y las columnas son, a priori, dos de los problemas estéticos que debía resolver el arquitecto al plantear su proyecto. Para el Zsa Zsa, Dani Freixas y Vicente Miranda recubrieron las paredes que encierran la escalera con un collage de alfombras clásicas diseñado por Peret, también autor de la gráfica del local. Las columnas las vistieron con un reluciente traje de acero inoxidable. El resto de su intervención fue pura magia, porque el bar cambiaba de aspecto cuando menos te lo esperabas. Esa sensación de mutabilidad se consiguió gracias a los efectos (programados en seis secuencias distintas) que la luz producía sobre las dobles paredes laterales, revestidas de un vidrio especial reflectante que según le incide la luz puede actuar como espejo o como lámpara. Cuando es transparente deja ver las vitrinas repletas de botellas. Tanto ingenio les valió a sus autores el Premio FAD de Interiorismo.

Salero (Rec, 60). Con las Torres de Ávila se cerró un ciclo. Tras los Juegos Olímpicos llegaron los años de la crisis económica y se acabaron los grandes presupuestos. Y con ellos el gran espectáculo del diseño enloquecido. Se volvía de nuevo a la austeridad, aunque no necesariamente al minimalismo. Un buen ejemplo del inicio de este cambio fue el Salero, uno de los primeros locales que apostaron por instalarse en el barrio de la Ribera cuando iniciaba su recuperación. También fue uno de los pioneros en combinar la fórmula de bar y restaurante que tanto éxito ha tenido después en la oferta nocturna de esa concurrida zona de la ciudad. El Salero recuperaba los ambientes penumbrosos y tranquilos, de paredes blancas, donde los sofisticados aparatos de iluminación se sustituyen por la sencillez de la luz de las velas y donde los espacios rehabilitados muestran sin pudor su estructura original y la huella que en ellos ha dejado el paso de los años. Su autora es Pilar Líbano, una prestigiosa y veterana diseñadora de interiores que basa su estilo en un gran respeto por el pasado, ese lugar desde donde muchos creadores dibujan en ocasiones el futuro.

Presente y futuro

Hasta los más nostálgicos saben que con el tiempo ya no quedará ninguno de aquellos bares de los ochenta, que poco a poco se van degenerando con sucesivos cambios de dueño y de público, hasta que una noche los encontramos cerrados. También saben todos esos nostálgicos que ya es hora de pasar página, aunque muchos pensemos que no hubiera estado de más que alguno de aquellos locales míticos, en particular el Bijou, pudiera recuperarse y perdurar aunque sólo fuera en honor a la memoria de Ordeig.

No será fácil que se repita el fenómeno. Se pasó del derroche presupuestario a trabajar con lo mínimo, en el mejor de los casos con lo justo, y así los diseñadores lo tienen difícil para lucirse frente a lo que podemos encontrar ahora por otras ciudades del mundo. A pesar de ello vuelven a nacer locales con un cierto brillo, esta vez por obra y gracia de los profesionales del interiorismo y en muchos casos al calor de una nueva fórmula que combina la cena con las copas, el restaurante con el club y la pista de baile, da igual que sea al ritmo de una sesión de dj que al son de una orquesta.

Contemplamos con optimismo como esta particular oferta se va haciendo cada vez más numerosa. Ahí están por ejemplo el Tatí, proyectado por el veterano Pepe Cortés, el Oven de Antoni Arola o el Noti que ha diseñado Francesc Pons. Tres espacios que se reparten por distintas zonas de la ciudad –Diagonal, Eixample y Poblenou–, creados por profesionales del diseño de interiores que pertenecen a distintas generaciones y que son muy recomendables para los que todavía sufren de nostalgia. / RU

Pocos años después de escribir este artículo, Tatí, Oven y Noti también cerraron.

Texto sobre los bares de Barcelona para un número monográfico editado con motivo del Any del Disseny 2003.

Trabajos relacionados

Barcelona y Bilbao

Frame, 1998

Dos textos para el número 2 de la revista Frame, cuando la publicación dirigida por Robert Thiemann comenzaba a dar sus primeros pasos.