Dos textos para el número 2 de la revista Frame, cuando la publicación dirigida por Robert Thiemann comenzaba a dar sus primeros pasos. Un escrito sobre el museo Guggenheim de Bilbao, que también estaba recién estrenado, y el clásico reportaje de los bares de Barcelona de los 80, que seguían despertando interés internacional una década después.

Drink & Design

Buena parte del éxito y la proyección internacional del diseño español, y en particular del catalán, se fraguó en Barcelona y durante la noche. Entre copas. Muy pocos conocen, por ejemplo, el origen de BD Ediciones de Diseño, que nació a principios de los años 70 cuando un grupo de jóvenes arquitectos (Oscar Tusquets, Lluís Clotet, Cristian Cirici y Pep Bonet) que acababan de finalizar sus estudios, ante la falta de trabajo comenzaron a volcar su ingenio en el diseño de los muebles y objetos que a ellos les gustaban y que no encontraban en las tiendas. Surgió la idea de fabricarlos y para ello buscaron como socio a Oriol Regás, uno de los personajes históricos de la noche barcelonesa y propietario del mítico club Bocaccio. De esta curiosa forma nació BD, nombre que originalmente significaba Bocaccio Design (y no «Barcelona Diseño» como todo el mundo cree) y que con los años se ha convertido en la editora de mobiliario más importante de España y una de las más prestigiosas del mundo.

La historia se repitió una década después, a principios de los años 80, cuando otra joven generación de arquitectos barceloneses, ante la falta de encargos mayores, no tuvo más remedio que volcar su ingenio en las obras menores. Convertidos en arquitectos de interiores se propusieron demostrar todo lo que eran capaces de hacer en tan sólo unos pocos metros cuadrados. Comenzaron por llamar la atención con sus proyectos de tiendas de moda (algunas de ellas muy célebres, como la de Jean Pierre Bua, que todavía existe), pero pronto descubrieron que su mejor escaparate sería la noche.

Por aquellos años Barcelona estaba todavía eclipsada culturalmente por la denominada «movida madrileña», aunque comenzaba a despertar. Talento no faltaba. Y ganas de salir de noche tampoco. La oferta nocturna de la ciudad comenzó a crecer y los nuevos locales optaron por diferenciarse entre ellos por su estética. El 33, Boliche, Líquid, el primer Zeleste, Metropol o Zig-Zag (este último es el único que todavía existe) fueron algunos de los pioneros. Con ellos comenzó el fenómeno. Recibieron elogios y premios de interiorismo (una palabra recién estrenada porque hasta entonces solo se hablaba de decoración), llamaron la atención de la prensa y, como consecuencia de todo ello, se convirtieron en un buen negocio. El público de la noche, que primero los llamó popularmente «bares de copas» y más tarde «bares de diseño» los llenaba a diario, atraído por su cuidada arquitectura.

Los promotores más avispados no tardaron en ver donde estaba el secreto de ese éxito y apostaron por la estética como negocio. Gracias a ello una joven generación de arquitectos y diseñadores tuvo la oportunidad de demostrar su talento con proyectos como los de los bares KGB, Si Si Sí, Snoocker, Otto Zutz, Nick Havanna, Velvet o Zsa Zsa. Cada nuevo local que se inauguraba alimentaba el fenómeno –que se contagió también a algunos restaurantes– y su fama traspasaba fronteras. Tras aquellos éxitos estaban nombres como los de Dani Freixas, Eduardo Samsó o Alfredo Arribas, que hoy son primeras figuras de la arquitectura internacional.

También muchos diseñadores gráficos de prestigio diseñaron logotipos y carteles para los locales de la noche. Sus muebles se realizaban a medida e incluso los uniformes de los camareros se encargaban a famosos diseñadores de moda. El diseño de los bares llegó a convertirse en una especialidad en la que Barcelona fue líder mundial. Incluso se llegó a exportar. El caso más conocido es el del arquitecto Alfredo Arribas, que, tras inaugurar el espectacular bar de Las Torres de Ávila, fue reclamado para proyectar locales de ocio hasta en el lejano Japón.

Por todo ello podemos decir hoy que aquellos bares de Barcelona fueron vehículo y motor de la proyección del diseño español. Y que su arquitectura, su gráfica o su mobiliario fueron el reflejo de la gran creatividad de los diseñadores catalanes. La celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona y todo lo que se generó a su alrededor les dieron el espaldarazo definitivo.

La fama de estos locales todavía perdura. Hasta el punto de que muchos de los turistas que actualmente visitan la ciudad atraídos por su arquitectura, planifican dos rutas: la del modernismo durante el día y la de los bares por la noche. Quieren conocer aquellos espacios que han visto muchas veces fotografiados en las revistas y cuya arquitectura les interesa casi tanto como la de la Sagrada Familia.

Su problema es que cuando inician esa ruta se encuentran con que muchos de aquellos locales ya no existen y que otros apenas han sobrevivido a los cambios de dueño, a las reformas y a un nuevo público menos cuidadoso y poco interesado por la cultura de la noche. De aquel ramillete de preciosos locales apenas queda ya un puñado. Y hace mucho tiempo que no se abren otros nuevos. Las tendencias han cambiado y aquella generación de brillantes arquitectos que los hicieron posibles ya no es tan joven y además ahora ya tiene grandes encargos en sus despachos. Pero tampoco ha emergido otra nueva generación de jóvenes y brillantes profesionales que los revitalice. Porque no tiene el mismo talento o porque no se les deja demostrarlo. Desde hace unos años los promotores han preferido invertir su dinero en restaurantes temáticos importados de otros países (como el Planet Hollywood, el Fashion Café o el Hard Rock, que no tienen ningún interés arquitectónico), en los multiespacios dedicados al ocio o en una multitud de cafeterías clónicas construidas con cartón piedra que están invadiendo Barcelona. Todos juntos amenazan con acabar con una de las señas de identidad más particulares de la ciudad. Desde algunas instituciones y desde el colectivo profesional se han alzado algunas voces denunciándolo, pero tímidamente. No es suficiente. Quizás alguien debería proponer que del mismo modo que algunas instituciones públicas o entidades financieras invierten en la recuperación del patrimonio arquitectónico de la ciudad, también podrían interesarse en que finalmente no acabaran por desaparecer estos locales, que también pertenecen a la historia del diseño catalán y son pequeñas joyas de su arquitectura contemporánea. / RU

Guggenheim, el milagro de Bilbao

Bilbao era, hace tan solo unos años, una ciudad gris y contaminada del norte de la península ibérica. Una ruda capital industrial esparcida a la orilla del río Nervión –el eje vital de la ciudad desde que ésta se fundara en el siglo XIII– que no se ha dejado morir por la crisis de su industria. Poco a poco se fueron desmantelando los astilleros, las instalaciones industriales, ferroviarias y portuarias para dejar espacio a un proyecto arquitectónico y urbanístico de regeneración. El más ambicioso que haya acometido una ciudad española desde la Barcelona Olímpica: más 500.000 millones de pesetas se han invertido hasta la fecha. Gracias a ello ese río que antes discurría sucio y contaminado, ahora refleja el esplendor del edificio que alberga el museo Guggenheim, convertido ya en estandarte la ciudad renovada.

Las instituciones promotoras (los Gobiernos Central y Vasco, la Diputación de Vizcaya y el Ayuntamiento) decidieron apostar por la arquitectura de autor para la regeneración de la ciudad. Norman Foster ha proyectado el nuevo metropolitano, que se complementará en un futuro con la estación intermodal que ha rediseñado Michael Wilford a partir de un proyecto original de James Stirling. Santiago Calatrava ha levantado un nuevo y transparente puente peatonal sobre el río (su suelo es de vidrio) y también está construyendo la ampliación del aeropuerto. Rafael Moneo trabaja en el edificio del futuro Palacio de Música y Congresos. Está previsto que César Pelli comience en breve la construcción de un centro comercial y de negocios. Y Frank O. Gehry ha inaugurado su monumental museo, un poderoso imán que atrae a miles de visitantes.

El Guggenheim abrió sus puertas el 19 de octubre de 1997. En los dos primeros meses ha recibido a 260.000 visitantes. Más de 9.000 diarios, que soportan colas de hasta cuatro horas para poder acceder al edificio. Son cifras que confirman la apuesta a sido acertada. La ciudad de Bilbao se ha convertido en destino turístico. Hasta el diario británico The Times anuncia viajes de fin de semana para visitar el museo. El edificio de Gehry es ya el emblema de Bilbao y también la mejor campaña publiciaria del País Vasco. Con él la ciudad ha recuperado su orgullo.

El proyecto de Gehry resultó el ganador del concurso convocado en 1991 por el Gobierno vasco y la Fundación Salomon R. Guggenheim. Durante los años que duró su construcción tuvo detractores y defensores, fue motivo de desconfianzas para unos y despertaba la admiración de otros. Aunque era un enigma para todos. Excepto para el arquitecto californiano (de origen canadiense), que parecía intuir que ésta iba ser su obra maestra, el último gran museo del siglo XX. Emocionante, sugerente, poderoso. «Escultura habitada», «meteorito varado junto a la ría», «flor de titanio»… son algunos de los califictivos, comentarios y metáforas que se escuchan ante la visión de la obra finalizada y ya certificada unánimemente por el público y la crítica.

El entusiasmo ante la arquitectura del edificio es prácticamente unánime. Su escultórico perfil evoca la forma de los barcos y su estructura se basa en un conjunto de volúmenes de cristal, piedra caliza de color arena y titanio. Este último material, poco frecuente en la construcción, es el que define el rasgo más característico de su aspecto exterior: más de 30.000 finas láminas recubren, a modo de escamas, todo el edificio (Gehry quería emplear inicialmente acero inoxidable, pero descubrió que el brillo del titanio era menos cegador en los días soleados y en cambio muy luminoso en los oscuros y lluviosos).

Los sinuosos volúmenes se corresponden con las salas del interior, que al carecer de soportes estructurales permiten exponer obras de gran tamaño. Una sencilla distribución facilita la circulación entre las salas de exhibición, que ocupan 10.560 m2. de los 24.290 m2. de la superficie total del museo y que convergen en el vestíbulo o atrio central, de 50 metros de altura. En total son 19 salas o galerías, dispuestas concéntricamente en tres niveles, que conectan mediante un sistema de puentes, escaleras y ascensores acristalados, con este espectacular espacio expresionista bañado por la luz natural. Además de los espacios de exposición, el edificio cuenta con biblioteca, auditorio, tienda, restaurante y café. Otras zonas del edificio están destinadas a la conservación de obras de arte, oficinas y servicios de mantenimiento.

La sala de mayores dimensiones (la «galería pez» de 130 metros de longitud) está situada en la primera planta. En ella se han instalado las piezas más espectaculares, como la serpiente de Richard Serra, que fue ideada especialmente para ese espacio. Unas 250 piezas componen la exposición inaugural, en su mayoría procedentes de la colección Guggenheim de Nueva York. El recorrido por el edificio se realiza de arriba abajo. Comienza con las primeras vanguardias del siglo y culmina en la planta baja con el arte más reciente.

El Guggenheim ofrece un paseo por el arte contemporáneo en un contenedor que es a su vez la mejor ilustración del arte arquitectónico de este final de siglo (incluso sus muebles, en particular las sillas Hat Trick diseñadas también por el propio Gerhy y producidas por la empresa Knoll, están consideradas como auténticas obras de arte dentro de su género). Poco antes de su inauguración, el especialista en arquitectura del diario The New York Times comenzaba un artículo de portada del suplemento dominical con la siguiente frase: «Circula el rumor de que los milagros todavía ocurren, y que uno inmenso está sucediendo en Bilbao.» / RU

Dos textos para el número 2 de la revista Frame, cuando la publicación dirigida por Robert Thiemann comenzaba a dar sus primeros pasos.

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Frame, 1999

Reportaje sobre los montajes, interiores y arquitecturas de Dani Freixes.