Texto para un reportaje de Virginia Ródenas publicado en el diario ABC con motivo de la presentación de libro “25.000 Km de Signes”.

Un mundo sin signos es un mundo perdido. Sería también un mundo más peligroso. Los signos nos señalan por dónde no debemos ir para evitar dejarnos la vida en la carretera. Los signos también nos indican el lugar donde debemos mear o nos dicen a quien debemos rezar. De entre todos los signos, seguramente el de la cruz es para nosotros el más reconocible. Desde hace más de dos mil años nos acompaña de la cuna hasta la tumba. Ahora bien, la cruz, como grafismo, puede tener un significado muy distinto según sea el color con que se mire. En otros tiempos un hombre con una cruz en el pecho no podía ser otra cosa que un cristiano. Hoy, si esa cruz es blanca sobre un fondo rojo, entonces ese hombre es un suizo. Si los colores están invertidos resultará que tenemos ante nosotros a un voluntarioso miembro de la Cruz Roja. Y si fuera verde sería una farmacia. Los demás colores están por el momento vacíos de significado, pero todo se andará. A medida que nuestra sociedad evoluciona necesita de más y más signos que nos orienten. Ahí fuera están por todas partes y es cuando menos se notan que resultan más eficaces. Mala cosa cuando hay que buscar el cartel de salida en el parking, la entrada de urgencias de un hospital o la ventanilla para entregar el impreso de la renta. Por suerte, el asunto de la micción, que ha dado lugar a un variado catálogo de pictogramas, no tiene pérdida: desde los tiempos de la cruz en el pecho todo el mundo sabe que los servicios están siempre al fondo y a la derecha. / RU

Texto para un reportaje sobre el libro “25.000 Km de Signes”.

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