Texto de presentación del libro “Pez de Plata, Barcelona” editado por BMW y distribuido por Actar.

Este es el casco de Jean Nouvel. El arquitecto francés se viste de negro radical desde los pies hasta su rasurada cabeza. Se le ve así desde que proyectó el Instituto del Mundo Árabe en París y ya no lo podemos imaginar de otro modo. El color negro forma parte de su identidad. Los arquitectos también saben construir su imagen, que en nuestra época mediatizada se engrandece con sus obras. Después los de su gremio se visten también con esa misma imagen quizás porque entienden que está asociada a un prestigio profesional. La Diagonal de Barcelona, entre las Glòries y el Fòrum, sin ir más lejos, la están transformando Nouvel, Perrault y Herzog & De Meuron, tres estudios de prestigio internacional que, en la forma, ven la arquitectura cada uno a su manera, pero que en el fondo de su armario están vinculados por ese mismo color negro que hoy representa el éxito.

El negro supersticioso se ha convertido así en el uniforme de muchos arquitectos jóvenes, de otros que ya no lo son y también de los diseñadores que tienen en figuras como Starck o Armani el espejo donde mirarse. Bohigas, que se viste de todos los colores, se lamenta de que estemos en un época rabiosamente negra. Explica también que todas tuvieron su color. Los años sesenta fueron muy grises, los setenta se tiñeron del beis moderno que lucieron aquí personajes como Correa y Milà, y en los ochenta llegó el azul proletario de gente como Stirling, aunque éste no llegó a construir en Barcelona porque entonces la arquitectura todavía no era ni mediática ni global. Ahora que sí lo es, lo que se lleva es el negro como actitud, un color que parece combinar bien con todo y en todas partes, a pesar de que en nuestra cultura nunca se le haya asociado con nada bueno.

El negro más oscuro es el color del duelo y del desespero, el de la mala suerte, el del miedo y la nada, el color de los besos impuros y las ovejas descarriadas… El color que para colmo y para muchos no es ni siquiera un color, ni tampoco la suma de todos los colores, que técnicamente es el blanco. Pero el blanco, lo contrario del negro, es sobre el papel lo opuesto a la creación. Y si el blanco simboliza la falta de ideas, el negro parece ser el color que mejor las envuelve. El casco de Nouvel es una chistera de donde saca todos esos colores que después luce a través de sus obras. Los que revisten la Torre Agbar para que durante el día brille al sol como un pez de plata tornasolado, y los que por la noche iluminan el edificio en un espectáculo que recuerda al de la fuente mágica de Montjuïc. Dos muestras de que Barcelona tiene color.

En el conjunto de su color “sardina” hemos buscado para esta publicación los destellos de creatividad que la hacen poderosa. Son sólo unos pocos entre muchos, pero dan una idea del singular calidoscopio de creadores, de distintos orígenes, generaciones y disciplinas, que habitan en la ciudad. Con independencia de sus gustos por la vestimenta. En una fachada proyectada por Fermín Vázquez —coautor de la Torre Agbar junto con Nouvel—, en el tejado del mercado de Santa Caterina, en el azul Klein del Edificio Fòrum, en las buganvillas de Palo Alto, en una ilustración de Juanjo Sáez, en las camisetas de Custo, en una camisa de Juli Capella, en los platos de Ferran Adrià o en el trencadís que se inventaron Jujol y Gaudí, quien por cierto iba también sempiternamente vestido de negro, se pueden encontrar todos los colores que narran la cultura creativa de esta ciudad. / RU

Texto de presentación del libro “Pez de Plata, Barcelona” editado por BMW y distribuido por Actar.

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Ciudad, Creación, Color.