En 2000 comencé a pilotar la dirección artística de BD, o lo que es lo mismo, a tener la responsabilidad sobre los diseños que se producían en la empresa. Una de mis primeras apuestas fue Ross Lovegrove. Era una apuesta arriesgada en una compañía como ésta, donde desde siempre sus socios y fundadores habían sido los diseñadores de cabecera, con un largo, merecido y reconocido éxito. Meter de entrada otro gallo en el mismo corral no parecía la propuesta más conservadora. Aún peor, porque suponía ir a contracorriente. Todavía estábamos en aquellos años donde la tendencia dominante era el minimalismo y Ross representaba todo lo contrario, era un organicista declarado. Aspirante a ser estrella, porque todavía no lo era, pero con porte, no ya de gallo, sino de pavo real. Sin embargo, trabajar con él fue muy fácil, como suele ser trabajar con los mejores. No olvidaré la noche que vino a presentar su proyecto al Consejo de BD. La recuerdo muy bien porque justo a la misma hora se presentaba en Palo Alto la enciclopedia de diseño gráfico que hice con Mariscal para Salvat y no pude asistir a la rueda de prensa junto a Javier y Pedrín Mariscal. Si a la fiesta posterior, a la que Ross se apuntó sin dudarlo, prueba de que tras su imagen galáctica de «Captain Organic» se escondía uno de los nuestros. La fiesta acabó bien y su colaboración significó para BD emprender un nuevo rumbo en mi apuesta por la internacionalización.

Con Ross Lovegrove, junto con Jean Pierre Bua y Luis Balagué, cenando en el restaurante Can Pineda durante una de sus visitas a Barcelona (2001). El montaje fotográfico lo hizo Pepa Reverter.

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