Nací el 7 de diciembre de 1962 en un pequeño pueblo de la provincia de Jaén que tiene el nombre de Fuerte del Rey, en la Andalucía rural y profunda, dentro de un paisaje cuadriculado de olivos que parece infinito. Hijo de Juan Úbeda y Vicenta Castro. Mi padre, como tantos otros andaluces, emigró a Cataluña en los años sesenta en busca de trabajo dentro del sector de la construcción. Era albañil. Mi madre y yo le seguimos. Todavía recuerdo las maletas de cartón en el andén de la estación. Lo que no logro recordar es a que edad fui a la escuela por primera vez, en La Canonja, el municipio de Tarragona donde vivíamos. Tenía una sola aula con alumnos de todas las edades. Después nos cambiaron a otro colegio que si tenía las clases separadas por edades, pero también por sexos. El tercero, donde hice los últimos cursos de EGB, era normal. Todos fueron públicos. Estudié BUP y COU en el IES Antoni de Martí i Franqués de Tarragona. No fue una elección, entonces no había otro instituto de enseñanza secundaria en la ciudad.

La fotografía del teléfono es de Pilar Pallás.

Cada día, de camino al Instituto, pasaba por delante del edificio del Gobierno Civil. Me fascinaba sin saber por qué y hasta muchos años después no supe que era obra de Alejandro de la Sota, al que tuve la suerte de conocer. Me gusta pensar que por aquel edificio decidí estudiar arquitectura y estoy seguro que algo tuvo que ver, pero la realidad es mucho menos romántica, con mi padre había pateado obras desde pequeño y cuando llegó el momento de ir a la universidad la elección estaba clara. Llegué a la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona muy joven, con 17 años, uno antes de lo habitual y todavía muy tierno. Se notaba en el ambiente que se estaba produciendo un cambio de etapa, se acababa de ir Oriol Bohigas y entraba Josep Muntañola como director. En aquel momento no sabía quién era ninguno de los dos. Ahora sí, pero tampoco puedo imaginar como me hubiera ido con Bohigas. Soy de los que piensan que ningún tiempo pasado fue mejor, sino diferente.

El primer año estuve viviendo en el colegio mayor Ilerdense. Mis compañeros de habitación estudiaban Derecho y se llamaban Carlos López y Adolfo Negro. Nunca más los he vuelto a ver. El año siguiente compartí piso con un estudiante de arquitectura libanés y otro kurdo de origen iraquí que en realidad resultó no ser estudiante. Se hacía llamar y se sigue llamando Carlos Kurdi, era un exiliado del régimen de Sadam Hussein, cuando aquí nadie sabía quién era Sadam Hussein, buscado por sus servicios secretos. Un activista clandestino en España desde el piso donde vivíamos. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta que ese no era el mejor lugar para un todavía tierno estudiante de arquitectura de 18 años. Dejé el piso cuando acabó el curso pero mantuvimos el contacto y la amistad durante muchos años. Con el tiempo Carlos se convirtió en diplomático, delegado del Partido Democrático del Kurdistán para España y Portugal.

Mis siguientes compañeros en el nuevo piso fueron, sucesivamente, un bailarín y un peluquero. Pasé del rojo al rosa de un día para otro. Después de ellos volví a compartir casa con estudiantes de arquitectura. Era más lógico pero más aburrido. Por ello no tardé en irme a vivir solo. Entre curso y curso pasaba los veranos trabajando para pagar los estudios. En el campo de Tarragona, vendimiando, recogiendo avellanas, manzanas, o sudando en un taller de barnizado. Aprendiendo en la escuela de la vida. La otra escuela, la de Arquitectura, tampoco era muy emocionante. Parecía una carrera de obstáculos con enormes cargas de trabajo y noches enteras sin dormir. Y la sensación de aprender poco. Quizás porque entonces la facultad, a pesar de tener muy buena reputación, no estaba en su mejor momento. O simplemente porque no tuve suerte con los profesores que me tocaron en el turno de tarde. Cuando eres estudiante y no tienes perspectiva es muy difícil saber por ti mismo si te están ofreciendo una enseñanza de calidad.

La rutina se acabó un día en el bar. Una compañera de clase me dijo que unos amigos suyos buscaban una persona para trabajar en la redacción de una nueva revista. Me dio un número de teléfono y al rato llamé desde la cabina que había en la planta sótano de la misma universidad. Al otro lado contestó Quim Larrea, le manifesté mi interés y me soltó una pregunta a modo de prueba: “¿sabes que es un fotolito?”. Le dije “claro que sí” y acordamos una entrevista al día siguiente. Obviamente yo no tenía ni idea de lo que era un fotolito ni mucho menos experiencia para trabajar en una revista. En el piso principal del número 56 de la calle Princesa, Quim me esperaba sentado junto a Juli Capella en una pequeña mesa con un flexo. No había nada más ni nadie más en aquella enorme sala de aquel piso recién alquilado como redacción de la revista De Diseño y sucursal de otra revista emergente de arquitectura que se llamaba El Croquis. Todo era como una gran página en blanco. A partir de entonces por las mañanas comencé a trabajar en la redacción de la revista y por las tardes seguía con las clases de la universidad.

Tenía 22 años y estábamos en 1984.

Nací en un pequeño pueblo de la provincia de Jaén que tiene el nombre de Fuerte del Rey, en la Andalucía rural y profunda, dentro de un paisaje cuadriculado de olivos que parece infinito.