Texto para un reportaje sobre mis trabajos en la revista argentina Barzón, que no se llegó a publicar.

Ramón es un tipo peculiar pero discreto que ha huido siempre del autobombo. Eso explica que no se conozca el voluminoso conjunto de su trabajo. No alza nunca la voz, no llama apenas la atención. Viste coquetamente, pero sin estridencias, siempre de oscuro. Y a lo sumo se deja crecer intermitentemente una barbilla de chivo que le da un toque moderno. Pero sin exagerar. Que apenas se note.

Su aparente timidez esconde una gran soltura en las distancias cortas. Su verbo, que es certero y jocoso en el diálogo cercano, se silencia ante las multitudes. Poco amigo de las hazañas colectivas, Ramón se reconforta hacia sus adentros. Le va el petit comité.

Empezó estudiando arquitectura para darle una alegría a su padre que era del gremio del ladrillo. Luego le dio un susto al abandonar la carrera y decirle que se había enamorado del “Diseño”. Pero finalmente lo llenó de satisfacción al saber que Diseño no se trataba de un novio, sino de una nueva profesión, donde precisamente su hijo iba a triunfar. Porque Ramón es un personaje clave del “nuevo diseño español”. Ésta ha sido una película muy suya, donde a ratos ha hecho de meritorio, guionista, extra, decorador, figurinista, actor y hasta de brillante director. También se ha encargado a veces de los efectos espaciales, con a.

Todo su aprendizaje se debe a que contrajo el virus “comunicator” hacia los 20 años, pero él ya tenía un talento natural y visceral para el asunto. No ha seguido métodos, no ha cursado masters, no ha empollado enciclopedias ni ha aprendido de gurús. Lo que estudió se lo pasó por el forro. Decidió ser “voyeurdidacta”. Un gran curioso, un mirón descarado y lascivo, una esponja insaturable. Iba observando todo cuanto sucedía a su alrededor y fagocitando todo cuanto se le antojaba oportuno. Y de paso lo iba ordenando para publicarlo en revistas como De Diseño y ARDI. Aprendió a olfatear, seleccionar y a saber explicar sin aburrir. Y así consiguió hacerse un profundo conocedor de la buena creatividad y un promotor excelente. Solo mirando, lujuriosamente escrutando.

De tanto mirar…
Ahora bien, de tanto mirar y requetemirar se había excitado mucho. Estaba a punto de reventar. Tenía cosas propias que decir y creía saber cómo, dónde y a quién. Su energía acumulada empezó de pronto a manifestarse de forma sobresaliente. Le podía salir una empresa productora de muebles de cáscaras de almendra o una editorial, una exposición insólita, o un libro sobre Sex design. También una lámpara perfecta. Ramón, que las ha visto a miles, es capaz de idear una nueva lámpara, dibujarla, prototiparla, producirla, fotografiarla, promocionarla, venderla, ensalzarla, darle premios, criticarla y si quiere hundirla. Porque conoce cada uno de los peldaños que requiere la vida evolutiva de cualquier objeto que nos rodea.

Dotado de una sagaz capacidad anticipatoria, clava el destino de un producto apenas viendo sus esbozos. Dotado de un felino instinto para el gen del genio, descubre los Starcks y “starckitos” de cada lustro. Aclimatado al engranaje empresarial, sabe como darle la vuelta a una colección de muebles obsoleta.

Su capacidad de trabajo es extraordinaria, se despliega en todos los frentes posibles tipo navaja suiza, ingenioso en la generación de conceptos, es también igualmente brillante en su producción, como habilidoso en su difusión mediática. Redacta textos periodísticos con precisión y gracia, y sabe como nadie explicar proyectos, destilando el alma que atesoran y quitando paja. Compone libros, inventa palabras, hace logos, y es un grafista refinado. Una joya vamos. Rara, eso sí.

El siguiente paso fue hacer de catalizador entre el talento y el mercado. Es un hacha para remontar empresas del sector del diseño, el tipo perfecto para poner en solfa producción con creación, empresarios con diseñadores. Alcahueta de talento descarriado con productoras despistadas, dándoles a ambos su justo merecido. Se disputan su labor como Art director varias de las principales firmas nacionales, confirmando su talento en saber generar innovación y rentabilizarla con gracia. Ha dado mucha cancha, ha repartido juego y ha promovido a muchos diseñadores y empresas.

Apostó sin complejos por la internacionalización y el “desigñ” con acento español, mucho antes de que se hablase de ello como receta para salir de la crisis, y ha contribuido decisivamente a que las empresas españolas comenzaran a trabajar sin miedo con los mejores diseñadores extranjeros.

Ramón ha pasado de ser un chavalín tímido y observador, a desmelenarse mostrando todos sus encantos creativos. Ha pasado de mirón a exhibicionista sin pudor. Un verdadero hombre orquesta, espectador y actor a la vez. Siempre celoso de su intimidad, pero capaz de trabajar en equipo, individualista acérrimo y a la vez colaborativo y abierto.

Ahora, después de cumplir más de treinta y cinco años de andadura profesional, se siente a gusto en el mundo del diseño que él mismo ayudó a inventar en la España de los ochenta, que hoy se desparrama internacionalmente. / JC