La revista del Centro Informativo de la Construcción, editada por Ediciones Deusto (Grupo Planeta De Agostini), se publicaba mensualmente. Durante algún tiempo estuve escribiendo el texto editorial que abría cada número. Estos son algunos.

Sentarse, aunque sea mal
Decía Salvador Dalí que una silla podía cubrir muchos usos, aunque no necesariamente el de estar sentados. Las sillas que ideaba el genial pintor podían servir incluso para sentarse, ahora bien, con la condición de que nos sentemos mal. Este particular parecer podría haber pasado por ser sólo una más de sus extravagancias de no ser porque sus ideas al respecto no siempre se quedaban en el lienzo. Dalí era un creador acérrimo que también proyectó interiores de locales y que diseñó multitud de muebles. En 1933 llegó incluso a registrar la patente del diseño de un banco, como asiento exterior, en el registro de Patentes y Marcas de París.

Ese banco, cuya principal virtud no sería precisamente la de ser un asiento cómodo, no llegó a las calles, pero hubiera sido interesante contemplar la reacción de la gente ante la pieza. Los valores escultóricos y artísticos de un diseño, y también los conceptuales, adquieren otra dimensión cuando se instalan en la calle. Sólo hay que ver el alud de críticas que han recibido los bancos sin respaldo que en los últimos años se han incorporado a los paseos de nuestras ciudades. Particularmente por parte de algunos profesionales de la arquitectura, para los que estas superficies horizontales para sentarse, en las que los transeúntes no pueden apoyar sus sufridas espaldas, atentan contra los principios básicos de la funcionalidad y suponen un retroceso respecto a los avances del Movimiento Moderno.

Más suerte ha corrido la nueva tipología de bancos individuales que están invadiendo plazas y espacios públicos. Parece que han cuajado. Pero ya sean individuales o no los bancos, y tengan o no tengan respaldo, lo reseñable es que eso que ahora se conoce como mobiliario urbano ha experimentado en los últimos diez años un desarrollo espectacular y que, gracias a ello, los espacios públicos han ganado en calidad. En muchos de ellos ahora es posible sentarse, aunque sea mal. / RU

Tradición y modernidad
Los apacibles y educados vecinos de Hampstead, una zona de Londres que se caracteriza por sus casas del más puro estilo Arts & Crafts, se han puesto en pie de guerra a la vista de que la modernidad amenaza con aterrizar entre los centenarios robles de su barrio. Es un episodio más de la batalla entre tradición e innovación que desde hace ya unos años se declaró abiertamente en Gran Bretaña. Un debate que está abanderado –desde el frente tradicional– por el mismísimo príncipe Carlos. La mecha de la polémica la ha prendido en esta ocasión un vanguardista proyecto de Ron Arad, arquitecto y diseñador de renombre internacional del que se puede esperar cualquier cosa excepto un acto de patriótica sintonía con los gustos arquitectónicos del heredero de la corona.

Podría ser un interesante ejercicio sociológico observar, por ejemplo, cuál sería la reacción de los gurunsi –una etnia que habita en pleno corazón del África negra, en Ghana– si la polémica vivienda que construye Arad de repente se levantara entre sus características casas de adobe. No hay un mejor lugar para contrastar tradición y modernidad. Cubiertas de barro frente a sofisticadas estructuras de aluminio de panal, fibra de carbono y otras perlas de la tecnología de construcción de la civilización occidental.

¿Reaccionarían los gurunsi con más flema que los británicos? Sería bueno pensar que sí. Al fin y al cabo, ellos no necesitan de mayores sofisticaciones que las que les ofrece su hábitat y, desde su cultura arquitectónica, aparentemente primitiva, también pueden tener otras cosas que enseñar. Es por eso que en este número de CIC dedicado al tema de la cubierta, entre el análisis de nuevas soluciones constructivas de impermeabilización y aislamiento o la reseña de proyectos ejemplares, más o menos innovadores, hemos querido también reservar un lugar para la más pura tradición.  / RU

Farolas al sol
Antoine Becquerel hubiera estado muy contento de haber podido pasear por las calles de una ciudad iluminada por farolas que se alimentan de energía solar. Sería un sueño para este físico francés que en 1839 construyó las primeras células fotovoltaicas capaces de transformar la luz del día en electricidad y que no encontró ninguna aplicación útil para ellas en su época. Tuvo que transcurrir más de un siglo hasta que, gracias al desarrollo de las primeras investigaciones espaciales, se valorasen las posibilidades de las fotopilas y en 1954 los investigadores de los laboratorios norteamericanos Bell crearan una batería solar integrada por pequeñas células de silicio.

La tecnología posterior las ha perfeccionado y ha desarrollado las aplicaciones que no pudo llegar a ver el bueno de Becquerel. Entre ellas la de la iluminación urbana. La amplia oferta actual del mercado incluye también farolas solares. Se caracterizan por el panel que las remata y entre otras ventajas tienen la de que al ser autónomas no necesitan de cableado, por lo que se pueden instalar fácilmente en cualquier lugar.

En su contra está un mayor coste inicial que el de las farolas convencionales y ese panel para captar la luz solar que las condiciona estéticamente. Aunque se ha avanzado mucho técnicamente y los colectores requieren cada vez de menos superficie, para alimentar sus bombillas (de sodio a baja presión o fluorescentes) se necesita como mínimo un metro cuadrado de panel. Aún así, en un país tan soleado como el nuestro, seguro que contribuiría a que muchos ayuntamientos redujesen su factura eléctrica y potenciasen el uso de energías alternativas respetuosas con el medio ambiente. / RU         

¿Y los pavimentos de siglo que viene?
La madera y los materiales cerámicos, que mejoran día tras día en calidad, siguen reinando en los suelos interiores. Particularmente estos últimos, a tenor del crecimiento experimentado por Cevisama en la presente edición. Las moquetas textiles y los sintéticos siguen pugnando por aumentar su cuota de mercado. Las primeras, cada vez más resistentes y fáciles de lavar, son capaces ya de dar una buena respuesta incluso en suelos sometidos a un tráfico intenso; y los segundos, con prestaciones muy diversas (son antideslizantes, antiestáticos, aislantes acústicos…), se orientan hacia la fabricación de un PVC 100% reciclable para así poder colgarse con autoridad la etiqueta ecológica.

También emergen los que vuelven la vista atrás. Se recibe con no poca satisfacción la iniciativa de recuperar y poner en el mercado los sugerentes diseños con que Gaudí alfombró una parte de la Barcelona modernista, pero por otro lado los intentos de recuperar la industria –artesanal– del mosaico hidráulico todavía dependen de la voluntad de unos pocos románticos.      

En su conjunto la oferta de pavimentos –interiores, exteriores, urbanos e industriales– es inmensa. Todos ellos mejoran en calidad, en prestaciones y en variedad, pero apenas surgen innovaciones. Se echa en falta un punto de experimentación. Aunque se valoran interesantes aportaciones como pueden ser los pavimentos continuos de hormigón con aditivos de vidrio (Vitrocom) o los suelos deportivos con un componente de corcho (Biosuro), no se acaba de vislumbrar cómo serán los pavimentos del siglo que viene. De experiencias como la de los suelos elásticos para exteriores, a base de caucho reciclado, que se aplicaron en algún proyecto de la Barcelona olímpica, no se han vuelto a tener noticias. Y otros intentos de fabricar pavimentos con nuevos materiales, como el que se obtiene a partir de la cáscara de las almendras (Maderón), alternativo a la madera y que ya se ha incorporado con éxito a la industria del mueble y los revestimientos, se encuentra todavía en su primera fase de ensayo en este campo. Seguiremos esperando. / RU

Los arquitectos se rebelan
«En defensa de la arquitectura». Así reza la cabecera del manifiesto, que ha surgido de un grupo de profesionales catalanes, en contra de la creciente devaluación que está sufriendo su trabajo frente a la insalvable imposición de los criterios economicistas, una situación que califican como muy grave y que tiene su origen en «una clara devaluación en cuanto a la apreciación de la arquitectura y del papel del arquitecto por parte del sector privado y de las administraciones públicas; en el abandono por parte de los propios profesionales de sus órganos colegiales y, en ocasiones, de sus objetivos sociales y culturales e, impregnándolo todo, la visión economicista, ultra-liberal y competitiva que preside irracionalmente toda la actividad productiva, que se aplica también al campo de la creación arquitectónica, dejando de lado cualquier otra consideración».

Para este grupo de profesionales el ámbito de la arquitectura, que «es algo más que la simple edificación y algo más que un producto de la promoción inmobiliaria» está sujeto actualmente a determinantes políticos y culturales que «están configurando un marco en el que hacer arquitectura en condiciones profesionales dignas resulta prácticamente imposible». Entre los firmantes de este manifiesto, que también denuncia «la inadecuada respuesta política y legislativa, así como la prevalencia excluyente de los criterios contables sobre los cualitativos, que se traduce en un apoyo a la mediocridad», además de poner en crisis el sistema de concursos y destacar el problemático incremento de la burocracia, se encuentran una buena representación de profesionales de primera fila entre los que destacan Carles Ferrater, Esteve Bonell, Ramón Sanabria, Robert y Esteve Terradas, Ramón Artigues, Víctor Rahola, Josep Llinàs, Gabriel Mora, Albert Viaplana, Eduard Bru, Elías Torres o José Antonio Martínez Lapeña. Reinvidican «un reconocimiento de la arquitectura como hecho cultural al servicio de la sociedad», que pasa necesariamente por una reestructuración del sector de la construcción, están abiertos a sugerencias y esperan la adhesión por la causa de otros profesionales de todo el país. / RU

Recuperar a Jujol
Puede que a muchos ni siquiera les suene el nombre de Josep Maria Jujol, pero quienes sí conozcan su obra coincidirán en que nos referimos a una de las figuras más singulares y sin embargo desconocidas de la arquitectura de este siglo que estamos consumiendo.

Jujol fue un arquitecto singular y sorprendente. Nació en Tarragona en 1879 y con tan sólo veinticinco años, antes de acabar sus estudios de arquitectura, comenzó a colaborar con Gaudí, que por aquella época estaba cimentando su fama con los proyectos de la Casa Batlló y la Casa Milà. Pocos saben que la colorista fachada de la primera y las decoraciones de los techos de la segunda, además de otras muchas intervenciones en éstas y otras obras como el parque Güell o la Catedral de Palma, se deben a Jujol. No cabe duda de que una parte de la obra de Gaudí se enriqueció con su fantasía, aunque a pesar de ello durante muchos años su nombre sólo ha sido un pie de página en la mayoría de los libros dedicados al maestro.

Pero tampoco necesita reivindicar el personaje su etapa gaudiniana. Jujol inició en solitario una carrera plena de creatividad, que no se ciñe solamente a la arquitectura y se etiqueta de modernista. También dibujada, pintaba y ejercía de grafista o de escultor si convenía. Dominó todas las disciplinas artísticas y experimentó con todos los estilos hasta crear el suyo propio, que se hace reconocible en toda su obra, poco conocida y en parte desaparecida. Nunca disfrutó de grandes encargos y siempre ejecutó sus obras con pocos medios, empleando materiales humildes que no han resistido bien el paso de los años. Sólo hay que contemplar la Casa Bofarull de Els Pallaresos, uno de sus trabajos más emblemáticos. Afortunadamente otras de sus obras están comenzando a ser recuperadas: hace unos años se restauró con mimo el Teatro Metropol de Tarragona y, poco a poco, se va completando el santuario de Montferri, una obra que inició en el año 1926 y que quedó prácticamente en ruinas tras la guerra civil española.

Quizás las diversas exposiciones programadas sobre Jujol –organizadas conjuntamente por el Ministerio de Fomento y el Colegio de Arquitectos de Cataluña– que tendrán lugar en Barcelona, Madrid y Tarragona, que ahora comienzan y que durarán hasta el próximo año, fecha en la que se celebrará la efeméride del cincuentenario de su muerte, sirvan para promover la rehabilitación de otros edificios como la citada Casa Bofarull y cuanto menos para poner en el sitio que se merece a una de las figuras más brillantes de nuestra arquitectura. / RU

Construir en la península ibérica
Hace apenas unos meses, en otro número especial de esta revista, nos recreábamos en el acontecimiento de la Expo 98 de Lisboa, donde señalábamos la casi nula participación de arquitectos españoles en su proyecto al tiempo que destacábamos la amplia participación de empresas españoles en su construcción. En este nuevo número especial de CIC no vamos a abordar de nuevo el tema de la última exposición universal de este siglo, pero sí que queremos redundar en la presencia de nuestras empresas dentro del floreciente mercado portugués de la construcción. Si lo primero –la Expo– es un tema de actualidad, lo segundo lo es de futuro. En este sector, las empresas españolas están en condiciones de ofrecer y compartir con su vecinas experiencias y conocimientos en el desarrollo de nuevos productos y sistemas constructivos. Y las relaciones comerciales, que cada vez son más estrechas entre ambos países, perfilan un mercado sin fronteras para la península ibérica. También para los arquitectos. Los portugueses, por su parte, ya han desembarcado en la capital de España con una gran exposición de lo mejor de su arquitectura. / RU

La revista del Centro Informativo de la Construcción.

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