Texto publicado en el número 32 de la revista Temes de Disseny que edita la escuela Elisava de Barcelona, sobre mis experiencias como diseñador y art director. Comienza así: “No soy un autor y creo que no tengo un estilo, aunque si una ventaja: la de conocer el mundo del diseño desde sus cuatro puntos cardinales. Soy polifacético y polivalente, pero eso no es suficiente para garantizar el éxito de un proyecto. Eso solo se logra sumando esfuerzos.”

Desde hace tres lustros, cada vez que se presenta la oportunidad, aún a riesgo de ser pesado, vengo repitiendo tres cosas que me siguen pareciendo importantes para nuestra profesión: que las empresas españolas y los profesionales del diseño, como los de la arquitectura, tienen que internacionalizarse si quieren sobrevivir; que hay que dar los premios a un diseño después que haya demostrado que los merece, cuando lo certifique el mercado con el paso de los años; y que los productos deberían tener títulos de crédito, como los tienen las películas o las producciones musicales. La primera de estas tres cosas se hizo evidente para todos cuando apareció la crisis, a la segunda todavía nadie le ha hecho mucho caso y la tercera tiene que ver con el tema que aquí nos ocupa.

Cuando un mueble, una lámpara o un electrodoméstico llega a cualquier hogar está culminando el final de un largo proceso en el que intervienen muchas personas cuyo trabajo queda en el anonimato. La gloria suele ser siempre para el diseñador porque el circo mediático nos lo sigue vendiendo así. La empresa que los desarrolla, produce y comercializa, la que asume todos los riesgos y paga la fiesta, queda en segundo plano. Es un reflejo de nuestra sociedad y pasa en las mejores familias: el padre engendra pero es la madre la que incuba, la que da a luz y la que se ocupa de que la criatura prospere. El diseñador y la empresa son como el padre y la madre de un producto. No hay que restarle méritos ni protagonismo al primero, pero habría que reconocer un poco más la labor del segundo y la de todos los que trabajan para que esa criatura nazca bien, porque cada parto, además de difícil, siempre es diferente.

Podrán robarte las ideas, pero no el talento. Lo dijo Andrés Godoy y se ha hecho popular. Que te roben una buena idea es un fastidio, pero también lo es que la tengamos y no seamos capaces de hacerla realidad, porque una idea no sirve para nada si no sabemos materializarla adecuadamente. Es lo primero que se aprende cuando uno se mete en este negocio, como diseñador y también como es mi caso, como art director, que no es otra cosa que tener la responsabilidad de que las empresas con las que trabajo alumbren cada año nuevos productos al mercado. A los diseñadores con los que colaboramos les pedimos que tengan buenas ideas, pero no mucho más, porque cada uno es distinto y no todos tienen la misma formación técnica. Como ejemplo yo mismo, que carezco de ella. Los que hemos llegado hasta aquí desde la “cultura del diseño” no sabemos dibujar ni un tornillo.

Para eso están los ingenieros. Lo difícil es encontrarlos. Claro que hay muchos, pero no resulta fácil encontrar el que necesita cada empresa, porque todas son diferentes. Un mismo diseñador puede proyectar un zapato y una silla, pero es difícil que un mismo técnico tenga la capacidad de desarrollar ambas cosas. Tampoco es lo mismo desarrollar una lámpara para el salón que una farola para la calle. Se requieren especialistas para cada caso. La cosa se complica cuando la empresa no es fabricante sino editora –con las que yo trabajo todas lo son–, eso quiere decir que no tiene fábrica propia y tiene que buscar los industriales y proveedores más adecuados para cada nuevo proyecto. La pionera de las editoras españolas de diseño fue BD, que acuñó el término en 1972 y lo llevó escrito en su marca hasta hace pocos años, cuando pasó de ser conocida como BD Ediciones de Diseño a llamarse BD Barcelona Design.

El cambio de nombre de BD obedece a una estrategia de internacionalización de la empresa que iniciamos en 2000 para aumentar la cifra de exportación y no depender tanto de las ventas en el mercado nacional. Cambiaba la manera de gestionar el diseño, incorporando un responsable en la direccion artística que abrió la puerta a las colaboraciones con diseñadores extranjeros, pero sin alterar la personalidad de la marca, el carácter ecléctico que la había convertido en una empresa difícil de clasificar por la variedad de su catálogo y los diferentes estilos de los diseños producidos. Es difícil encontrar en el mundo una compañía tan especial y tan poco especializada, capaz de ofrecer al mismo tiempo reediciones de los muebles históricos que proyectó Antoni Gaudí, piezas de arte firmadas por Salvador Dalí y diseños contemporáneos para el hogar, el contract y los espacios urbanos.

Sillas, mesas, lámparas, alfombras, herrajes, buzones, accesorios de baño, campanas extractoras de metacrilato para la cocina, estanterías de aluminio extrusionado, muebles de jardín y mobiliario urbano en acero deployé… Habría que hacerle un homenaje al departamento técnico que los realizó, por el que pasaron diferentes personas a lo largo de los años, por ser capaz de gestionar tanta variedad y complejidad. La cosa se complicó todavía más cuando con el cambio de siglo y de rumbo comenzaron a llegar los nuevos diseños en la etapa que me ha tocado pilotar. Llegaron nuevas ideas y también nuevos materiales con los que nunca se había trabajado en la editora, como el plástico moldeado. Rotomoldeado para ser más precisos. Una tecnología que hoy es muy común pero que entonces todavía nadie salvo Starck la había llevado al mobiliario. Casi en pararelo, con Ross Lovegrove la utilizamos para desarrollar una colección de asientos multifuncionales.

Siempre he pensado que con nuevos materiales resulta más fácil tener nuevas ideas o reinventar las viejas –la silla, por ejemplo, viene evolucionando desde la época del Renacimiento a medida que van apareciendo los polímeros, la fibra de carbono o el aluminio inyectado– y siempre he intentado ser proactivo con ese tema: promocionando materiales como el Maderón, que se obtiene a partir de la cáscara de la almendra y llegó a despertar interés hasta en el MoMA de Nueva York, o promoviendo la creación de Mater desde el FAD, un proyecto que impulsé junto con Beth Galí durante su etapa como presidenta y se ha convertido en la primera –y la única– materioteca del país. También experimentando cada vez que se da la ocasión. En esa línea surgió la idea de utilizar para BD una tecnología muy poco sofisticada, la de los moldes rotatorios, que antes solo se empleaba para fabricar contenedores de basura y otros residuos, para ofrecer algo nuevo dentro del mundo del diseño.

Es de agradecer que quien te contrata deposite plenamente la confianza en tí. Pero hay que reconocer que entonces fue realmente un acto de fé por parte de Pep Bonet, Cristian Cirici, Lluís Clotet, Mireia Riera y Oscar Tusquets, los fundadores de BD, porque hace quince años ni yo tenía experiencia como art director ni había un departamento técnico experimentado dentro de la empresa, porque eran tiempos de cambio y se acababa de renovar con gente muy joven. Si que teníamos un poco de intuición –yo lo llamo “olfating”– y mucha ilusión, pero todo lo demás estaba por descubrir, comenzando para mí por entender la relevancia que tiene la oficina técnica dentro de cualquier empresa y lo importante que es encontrar a la persona adecuada para dirigirla. Con el tiempo esa función la acabó asumiendo Otto Canalda, que llegó a BD nada más terminar sus estudios en la escuela Elisava.

Los diseñadores recién graduados suelen preferir emprender una aventura en solitario mirándose en el espejo de los que han alcanzado la fama y algunos terminan probando suerte con la autoproducción, algo que incluso podría ser recomendable. Pero son pocos los que como Otto han elegido iniciarse en la profesión desde la cocina de la industria, que es realmente donde se cuecen los proyectos. Trabajar para hacer realidad los diseños de otros es el mejor máster posible para un joven diseñador que quiera construir su carrera desde los cimientos. Es una valiosa experiencia que le servirá para asegurar después el éxito de sus propios proyectos. Por suerte la enseñanza actual ya contempla esa especialidad técnica, pero cuando Otto se formó en Elisava todavía no existía la posibilidad de estudiar Ingeniería en Diseño Industrial. Lo aprendió con las praxis, de forma autodidacta, como yo, pero cada uno en lo suyo.

¿Un perfil puro de ingeniero hubiera sido más adecuado para hacer su papel en BD? Creo que no. En empresas que se desenvuelven dentro de un mercado muy definido, como Camper o Metalarte, que solo producen zapatos o lámparas, quizás sí. Por el departamento de desarrollo de nuevos productos de BD van pasando proyectos de todos los colores que requieren de preparación técnica, pero también de una sensibilidad más cercana a la cultura del diseño para interpretarlos adecuadamente. En ese departamento también trabajan ingenieros, pero la figura de Otto se ha forjado a la medida de la empresa y se ha hecho imprescindible. ¿Sería posible forjar un perfil como el suyo con un joven que en lugar de diseño hubiera estudiado ingeniería? Supongo que sí, pero dependerá siempre de como sea el personaje porque no es sólo una cuestión de formación.

Hay un tipo de empresas en las que un ingeniero de Diseño Industrial puede diseñar, desarrollar y gestionar la fabricación de un producto. Suelen ser las que tienen fábrica propia y pocos sistemas de producción. Pero las editoras como BD tienen un funcionamiento más complejo en el que intervienen diferentes perfiles creativos, de otra forma difícilmente podría competir en la escena internacional. El diseñador o el ingeniero total capaz de asumir todas esas funciones no existe, de la misma forma que no existe el arquitecto total capaz de crear y construir sin la ayuda de otros especialistas. En mi caso, cuando realizo proyectos propios, busco el complemento artístico con Pepa Reverter, que es licenciada en Bellas Artes, y el técnico con Otto. Comenzamos como una pareja de conveniencia y seguimos igual, pero con más experiencia acumulada en el desarrollo variopinto de diseños propios y ajenos.

La primera de su especie
Todo lo que aprendimos durante el desarrollo y la producción de los diseños de Ross Lovegrove para BD lo rentabilizamos después en el diseño de la lámpara Inout para Metalarte. La idea era novedosa, una lámpara decorativa de interior –In– que también se pudiera instalar en el exterior –out–, aunque llueva. Fue la primera de su especie e inauguró una nueva tipología que después otros imitaron. Era el año 2003 y desde entonces se ha convertido en un hit del diseño español con gran éxito comercial en todo el mundo, seguramente porque es una lámpara grandota y sencilla, monumental y monomaterial, que recuerda a una lámpara de toda la vida. Obtuvo muy pronto un reconocimiento general, notable y evidente, lo que nos animó a presentarla a los Premios Delta de ADI FAD en la edición de 2005. Pero al Jurado no le pareció oportuno destacarla, de hecho estuvo a punto de no ser ni siquiera seleccionada para concursar.

El uso de la técnica del rotomoldeo también fue novedoso en aquel momento. La escogimos sencillamente porque no se hubiera podido hacer de otra forma. Queríamos diseñar una lámpara enorme, translúcida, autoportante e impermeable, que pudiera producirse de una sola pieza. Para lograrlo no teníamos más opción que recurrir a los procedimientos de fabricación termoconformados que habitualmente se utilizan para producir piezas huecas de gran tamaño con un espesor de pared uniforme, como los bidones industriales. Suelen estar hechos de polietileno (MPDE), el plástico más utilizado en el mercado industrial, con esta tecnología de moldes rotatorios. No es tan sofisiticada como las del soplado o la inyección, pero en cambio ofrece la posibiliad de producir piezas del tamaño de la Inout, que alcanza los dos metros y veinte centímetros, la altura de Pau Gasol, con menor precio y costes competitivos.

Una idea no es buena si no somos capaces de explicarla por teléfono. La frase es de Bob Gill y la utilizaba Fernando Amat para decir que Inout es de las pocas lámparas que pasarían esa prueba. Después de ella diseñamos también para Metalarte, en 2005, otra colección de luminarias producidas por rotomoldeo. Era otra idea sencilla que literalmente le expliqué a Otto por teléfono desde Milán y a mi regreso a Barcelona estaba perfectamente interpretada y dibujada. El buen entendimiento es básico en cualquier equipo de trabajo. Se trataba de un novedoso sistema de iluminación y señalización exterior al que pusimos el nombre de Nanit. La revisión de la clásica farola de bola pero con una función extra. A este proyecto si que le dieron un Premio Delta de Plata de ADI FAD cuando se presentó, pero sin embargo después las ventas no funcionaron porque Metalarte no tenía presencia comercial en ese canal de distribución. Pero de todo se aprende.

Una mesa que no pesa
Para llevar un producto al mercado no es suficiente con tener un diseño acertado, hacer un desarrollo técnico apropiado, conseguir una producción de calidad y disponer de una red de comercialización. También es necesario estar en el canal adecuado. En lo que llevamos de siglo todas las empresas, en general, se han ido especializando para poder ser más competitivas. Si eres fuerte en iluminación decorativa y no tienes experiencia en alumbrado público, mejor no lo intentes. Sin una buena distribución el mejor de los diseños está condenado al fracaso comercial. También es relevante tener los costes adecuados y es tarea de los ingenieros tenerlos controlados. Resulta más fácil cuando ya se tiene experiencia con los procesos de producción y es un camino lógico para plantear nuevos proyectos. Cuando en BD comenzamos a colaborar con Konstantin Grcic le pedimos expresamente que trabajase con el aluminio extrusionado.

Es recomendable para los más jóvenes que estudien la producción de BD Ediciones de Diseño en los años setenta. Igual se proponían las cosas más disparatadas que se inventaban nuevos diseños que han sido producidos durante muchos años con gran éxito. Algunos de ellos como el banco Catalano, pionero del mobiliario urbano moderno, ya han cumplido cuarenta años de vida comercial y eso sí que se merece un premio. Le siguen los buzones “a Sardinel”, los primeros de carga vertical, la campana de metracrilato transparente que Lluís Clotet y Oscar Tusquets idearon para evitar los problemas de humos que se produden al cocinar, y las estanterías Hialina e Hypóstila, de aluminio extrusionado. Esta última, diseñada en 1979, estaba expresamente pensada y calculada para soportar grandes cargas –los libros pesan mucho– sin deformarse.

En el proyecto de la Hypóstila participó el ingeniero de caminos Jesús Jiménez, y en ella se inspiró Konstantin Grcic para diseñar en 2009 la Table B que forma parte de la colección Extrusions. Se trata de un sobre de aluminio extrusionado con un perfil mínimo que alcanza longitudes de hasta 500 cm –en el caso de la Big Table B– y se apoya sobre dos sencillas patas de madera. Es sorprendentemente ligera. Una mesa que no pesa. Su aparente simplicidad esconde un complejo desarrollo técnico en el que también intervino el citado ingeniero. Parece una sofisticada pieza de aeronáutica pero su producción incluye diversos procesos manuales. El resultado es una pieza de high artesanado que resume todo el carácter del diseñador alemán y lleva el ADN de la empresa que la produce y comercializa. Merecidamente obtuvo un premio Delta de Plata de ADI FAD y el Red Dot Design Award Best of the Best en 2011.

Antes que la silla fue la nalga
Otra cosa que suelo repetir a menudo es que las ideas no tienen por qué venir siempre de un profesional del diseño. Si tengo la capacidad técnica para desarrollar cualquier cosa me da lo mismo que una buena idea proceda de un diseñador o de un escritor. Incluso un dentista puede proponer un buen proyecto. Es el caso del Dr. Badía y el taburete Binaria. Jordi Badía había desarrollado, prototipado y patentado el concepto de un taburete especialmente recomendado para aquellas actividades que realizamos sentados pero requieren de movilidad, porque garantiza la posición más saludable de la espalda respecto a las piernas. Tras una serie de carambolas puse al doctor en contacto con Otto, que lo afinó formalmente y lo ofreció en 2003 a Oken. Tras el cierre de la empresa algunos años después, la pieza fue acogida dentro del catálogo de BD, que la oferta actualmente.

Si Binaria nació por prescripción médica, el asiento Cul is Cool tiene su origen en un prólogo. El que le pedí en 2005 al científico y divulgador Jorge Wagensberg (entonces director de Cosmocaixa, el Museo de la Ciencia de Barcelona) para el libro conmemorativo de los 50 años de Andreu World. En él decía que el concepto silla y el concepto nalga están sólidamente relacionados, pero que no hay duda: antes fue la nalga. Explicaba que los homínidos, en su evolución como especie, las habían desarrollado para caminar, pero descubrieron su utilidad para sentarse cuando todavía faltaba mucho para que se inventaran las sillas. Era tan lógico que se me quedó grabado. Por entonces yo acababa de publicar otro libro titulado “Sex Design” y comenzaba a preparar una exposición sobre el mismo tema dentro del ámbito del baño. Se llamaba “Bath Love” y en ella tomó cuerpo la idea de la nalga como asiento, tallado en mármol y tratado como una pieza artística.

Pensando en aquello de que el arte también puede ser útil se planteó después la posibilidad de producir el asiento en serio y en serie para comercializarlo. Con Otto Canalda nos pusimos manos a la obra y en ABR encontramos la editora con la mezcla de valentía, humor y el punto de inconsciencia que hay que tener para sacar al mercado un asiento que parece calcado de las nalgas del mismísimo David. Hicimos una primera versión muy ligera en EPP, un poliuretano expandido de alta calidad que se emplea en ciertos sectores de la industria, pero raramente en el mobiliario. Hubo una segunda versión “deluxe” en poliuretano rígido lacado en brillantes colores. ABR acabó cerrando –quiero pensar que no fue por culpa nuestra– y diez años después nuestro querido Cul fue acogido en el histórico catálogo de Escofet, rebautizado como “Cool” y fabricado en plástico con polipropileno LPDE. También en hormigón decapado e hidrofugado, con lo que se recuperaba la imagen pétrea de la idea original.

Buscando nuevos conceptos
No soy un diseñador al uso ni tengo un estilo definido. Trato siempre de encontrar, desde la experiencia y la intuición, ese hueco en el mercado que todos buscan. Una idea nueva o diferente. Si Escofet nos pide un banco tratamos de ofrecerle algo más, porque actualmente ya tiene un centenar de modelos de bancos en su catálogo, fruto de una búsqueda constante de innovaciones formales y funcionales. Aún así, cuando parece que todo está inventado, siempre es posible abrir otro camino para crear una nueva tipología. La hemos llamado Domus y creeemos que aporta novedades singulares para el mobiliario urbano gracias a la tecnología del hormigón UHPC, que permite hacer realidad la idea del shelter en una sola pieza, para que el propio banco, además de asiento, pueda ofrecer cobijo cuando llueve. También frescor en verano. Y luz cuando cae la noche.

Otro nuevo concepto que hemos desarrollado recientemente para el segmento del alumbrado público es la colección Essentials. Un proyecto a la medida de una empresa, Benito, que tiene un posicionamiento muy claro dentro de ese mercado: luminarias funcionales, fáciles de montar, de instalar y de mantener, con un diseño más inteligente que evidente y el mejor coste posible. Rentabilidad y también versatilidad. En eso está la innovación, que no es evidente porque se esconde en el interior. Se trata de una familia que ofrece disitintos estilos o tipologías (Deco, Globus, Nordic, Classic y Minim) de farolas con diferentes soportes de fijación (Horizon, Lira, Suspendida, Catenaria e Industrial) y la novedad de que todas ellos comparten la misma fuente de luz, Light Engine, que hemos diseñado expresamente para este producto y ofrece unas prestaciones imbatibles.

Cuando con Otto proyectamos por encargo para alguna empresa, generalmente damos un servicio completo que incluye además del diseño todo el desarrollo técnico del producto y la búsqueda de proveedores. No es lo habitual, pero a nosotros nos gusta participar de todo el proceso y en mi caso también del trabajo de comunicación que viene después, desde las fotografías a la redacción del texto para la nota de prensa. También ha habido ocasiones en las que hemos colaborado con los departamentos técnicos de las compañías para las que diseñamos, porque sus ingenieros están más especializados que nosotros, como es el caso de Benito, y se requiere del conocimiento de tecnologías LED, estándares de eficiencia energética y un sinfín de detalles que se nos escapan; o en Escofet porque tienen una experiencia centenaria trabajando con materiales pétreos.

Las Stones
Se llaman Sharon, Rolling y Oliver y también son de piedra. O lo parecen. Es la nueva colección de lámparas que hemos realizado para Metalarte. Están fabricadas con una materia que tiene cualidades pétreas y se consigue mediante moldeo. Un híbrido entre el hormigón arquitectónico y la piedra artificial, sofisticado técnicamente pero producido artesanalmente. Se trata de un nuevo material que hemos formulado y desarrollado a medida para nosotros durante más de tres años. Está inspirado en la técnica que se han tenido que inventar para poder acabar las obras de la Sagrada Familia, cuyas formas caprichosas se dibujan hoy con sofisticados programas de 3D y se modelan en piedra artificial. El proyecto es fruto de la observación y el diseño nace en este caso a partir de la voluntad de utilizar un determinado material, que se refleja en el apellido –Stones– que le hemos puesto a la colección.

El humor también puede ser un ingrediente importante en cualquier proyecto. Con este mismo material desarrollamos en 2015 la mesa Monkey de Jaime Hayon que presentamos, en tamaño king size, como si fuera una falla valenciana, en el Salone del Mobile de Milano de ese mismo año. En Camper se viene practicando el humor y la ironía desde los comienzos de la marca en 1975, cuando se promocionaban los zapatos con frases como “Use zapatos, es más cómodo”. Y no hay que tener miedo a utilizarlos. Estoy seguro de que si en cualquier empresa seria de ese sector uno de sus diseñadores llegara a proponerles que el par de zapatos fueran diferentes, el del pie derecho distinto del pie izquierdo, le hubieran mirado mal. En Camper no. Por eso salen al mercado productos como los Twins acompañados de otras frases como “Comfort with imagination”. Porque la funcionalidad es algo serio pero no tiene por qué parecer serio.

Cuando estudiaba arquitectura recuerdo que los alumnos de ingeniería tenían fama de ser muy serios, lo contrario de nosotros, incapaces de apreciar la belleza de una hoja de cálculo. Si un ingeniero quiere hacer también sus pinitos como diseñador lo primero que debe hacer es soltarse un poco el pelo. Un vaso es un vaso y un plato es un plato, lo dijo un político amante de la tautología y del inmovilismo para tratar de hacernos creer que las cosas son como son y no se pueden cambiar. No resulta fácil pero es cuestión de proponérselo. También una lámpara es una lámpara y una mesa es una mesa, pero si queremos que nuestra lámpara y nuestra mesa se venda mejor que otra, además de estar bien diseñada y bien fabricada, tiene que emocionar. El ingrediente emocional es intangible pero fundamental para el éxito de un diseño. Yo lo busco constantemente.

Y encontramos a Juanjo
Si hay un proyecto que pueda ilustrar lo complejo que puede resultar materializar una idea, ese es sin duda “Up in the air”. Lo tiene todo, tecnología, artesanía y un poco de poesía. Su origen está en un encargo indefinido de la empresa valenciana Viccarbe, especializada, entre otras cosas, en mobiliario para los espacios de espera. Un encargo al que damos la siguiente respuesta: “No me gusta esperar. Creo que a nadie le gusta. Pero si tengo que hacerlo, me gustaría ver peces. Peces rojos.” La propuesta, que es sencilla en apariencia, diseñar una mesa auxiliar que refleje la imagen de un pez o de varios peces con el mayor realismo posible, fue muy bien recibida y es de agradecer que las empresas se atrevan a trabajar también con la emoción, pero después hay que lograr materializarla.

Diseñar un contenedor con las proporciones de una mesa auxiliar no resulta difícil, pero… ¿cómo conseguir un material invisible para ponerlo dentro? Que sea totalmente transparente y parezca agua, resistente a los rayos ultravioleta, estable y duradero, inocuo… Lo habitual y conocido es hacerlo con una resina Epoxi o de Poliéster, que es la técnica que se utiliza habitualmente en las oclusiones. Pero solo da buenos resultados con piezas pequeñas y en nuestro caso no resultaba viable. Después de diferentes pruebas y ensayos encontramos una solución perfecta para lograr el efecto deseado, que por razones evidentes preferimos mantener en secreto. Creíamos que habíamos resuelto lo más difícil, pero… ¿y los peces? Tras varios intentos infructuosos llegamos a valorar incluso la posibilidad de “naturalizarlos”, que es la palabra amable que se usa para no tener que decir “disecarlos”, como se hace con los trofeos de pesca.

Pero para eso primero habría que matarlos, lo que no era viable. Había que pensar en otra cosa… y encontramos a Juanjo, que fue pescador antes que escultor de peces. Comenzó a pescar cuando era un niño y llegó a ser campeón del mundo de pesca en la modalidad de “spinning”. Un buen día se le ocurrió hacer réplicas de los peces que se capturan en ese deporte para después devolverlos a mar. Lo que comenzó como una afición se acabó convirtiendo en su profesión y sus habilidosas manos pueden modelar cualquier especie con un realismo impresionante. Un simpático Ojos de burbuja, diminutos Telescopios rojos o elegantes Carpas doradas, peces que no son peces y parecen flotar en el agua, que no es agua. Sin su colaboración no podríamos haber realizado este diseño que, como tantos otros, es el fruto de un sueño.

En resumen
El oficio de diseñador no es mi única ni mi principal ocupación, lo que me da una cierta distancia y mucha libertad para desarrollar los proyectos propios. Me gusta trabajarlos desde la cocina, tratando de estar siempre atento a los nuevos materiales y la aparición de nuevas tecnologías de fabricación o ensayando nuevas aplicaciones para las que ya conocemos. Trato de encontrar, desde la experiencia y la intuición, este hueco en el mercado que todos buscan. No soy un autor –prefiero ser rentable antes que figura– y creo que no tengo un estilo, aunque si una ventaja: la de conocer el mundo del diseño desde sus cuatro puntos cardinales.

Desde la profesión, como diseñador industrial y también gráfico, para poder darle cuerpo y también imagen a un producto. Desde dentro de las empresas, con sus pros y con sus contras, para lograr que ese producto llegue al mercado en las mejores condiciones. Desde la prensa, participando en la difusión del diseño en los medios de comunicación, para que lo conozcan otros. Y desde el activismo, fomentando su cultura, publicando libros, comisariando exposiciones y organizando cualquier cosa que pueda servir para darle valor. Soy polifacético y polivalente, pero eso no es suficiente para garantizar el éxito de un proyecto. Eso solo se logra sumando esfuerzos.

Los diseñadores pueden soñar todo lo que quieran pero tienen que entender que su papel no es siempre el protagonista. Que forman parte del espectáculo, pero que para alcanzar el éxito no se bastan solos: además de un buen diseñador, hace falta un buen empresario, un buen encargo, una buena idea, una buena dirección creativa, un buen desarrollo técnico, una buena producción, una buena imagen, una buena promoción, un buen equipo comercial, una buena distribución, un buen punto de venta y, finalmente, un poco de suerte para que un bendito cliente decida comprar lo que hemos hecho. / RU

Texto publicado en el número 32 de la revista Temes de Disseny que edita la escuela Elisava de Barcelona, sobre mis experiencias como diseñador y art director.