Texto sobre el programa www.bdlove.com diseñado por Ross Lovegrove para BD Barcelona Design publicado en el nº 122 de la revista Diseño Interior. Fue el primer artículo sobre Lovegrove publicado en la prensa española.

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Históricamente la colaboración de las grandes estrellas del diseño internacional con las empresas españolas ha sido nula. Y no habrá sido por falta de oportunidades. Podemos recordar cuando a finales de los años setenta un joven Philippe Starck paseaba sus ideas por Barcelona sin que casi nadie le hiciera caso. Sólo Disform se animó entonces a producir algunos de sus primeros diseños. Por las mismas fechas, pero en otro plano del diseño, un tal Neville Brody también buscaba trabajo por la Ciudad Condal. Brody todavía tuvo menos suerte que Starck y regresó de vacío a su Londres natal, donde no tardó en dar rienda suelta a todo su genio.

Todavía hay más. Unos años antes el mismísimo Ettore Sottsass se había instalado en la capital catalana. ¿Fichado por alguna empresa? No. Sottsass dejó su cómodo trabajo con Olivetti en Milán, tras el éxito que supuso el diseño de la mítica Valentine, porque se había enamorado de una bella lugareña. De su paso por nuestro país sólo quedan algunos dibujos y una apasionada cerámica —el florero Shiva— que todavía Bd Ediciones de Diseño conserva en su catálogo. Nadie más pareció haberse enterado de que otro genio andaba suelto por la ciudad. A su regreso a Italia, Sottsass, que todavía tenía mucho por decir, decidió fundar el grupo Memphis y declararle la guerra a la modernidad.

Quizás no fuera el momento. O quizás la cultura del diseño, todavía entonces muy emergente, no había calado entre los empresarios españoles, más preocupados por verlas venir que dispuestos a experimentar. Por desconocimiento o por inoportunidad, por miedo o por racanería, lo cierto es que las aportaciones de los grandes nombres del diseño internacional al producto made in Spain, incluso en los dorados años noventa, brillaron siempre por su ausencia. Pero lo que no se entiende muy bien es que a estas alturas, cuando hoy la producción española tiene ya un cierto crédito y una estimable facturación internacional, siga sucediendo lo mismo. Y no se trata de buscar a una gran figura de cara al escaparate. Incluso los más profesionales más solventes y comerciales, como por ejemplo el infatigable Antonio Citterio, todavía no se han estrenado con un fabricante nacional.

Ser bueno además de parecerlo
En Bd nació el interés por el trabajo de Ross Lovegrove a raíz de sus primeros diseños para Driade. Sorprendía que en plena dictadura del minimalismo alguien pudiera llevar el organicismo por bandera y navegar completamente a contracorriente —para el diseñador galés la naturaleza siempre ha sido lo natural y por consiguiente las formas rectas son artificiales—, y sorprendía también su interés —casi obsesión— por los nuevos materiales y las tecnologías que no eran propias de la industria del mobiliario. A la primera ocasión que hubo una excusa se le invitó a Barcelona. Para conocer al personaje de primera mano.

En esto de la profesión del diseño alguien dijo una vez que además de ser bueno hay que parecerlo. A Ross Lovegrove parece que también se lo habían dicho, y ya entonces apuntaba maneras de estrella. A su favor siempre ha jugado una buena planta y el aparentar más edad de la que en realidad tiene. Tras esa fachada impecable se escondía, además de una buena cultura industrial, un talento y una manera de pensar poco comunes. Rascando un poco en su trayectoria descubrimos que con veintidós años apenas cumplidos, cuando todavía no había terminado el último curso en el Politécnico de Manchester, Lovegrove fue fichado nada menos que por el estudio alemán de Frog Design, donde en aquel tiempo se cocinaban los walkmans de Sony y los ordenadores de Apple. Los responsables de Frog Design vieron una maqueta suya para un proyecto escolar de cámara fotográfica y no dudaron un instante en ofrecerle trabajo.

Cuando en el año 2000 comenzó a trabajar en el proyecto que se le propuso desde Bd, Lovegrove ya daba la vuelta al mundo varias veces al año proyectando sofisticados interiores de aviones para las compañías japonesas, sillas de magnesio para empresas de Estados Unidos y nuevas tipologías de vehículos urbanos para Audi, entre otras perlas. Trabajar con un profesional que se mueve en estos encargos, de entrada, da miedo. Particularmente porque la industria española del mobiliario no es precisamente algo de lo que podamos presumir. Y no hay que olvidar que Bd es una editora —no una empresa fabricante— que busca el industrial más adecuado para cada proyecto. El que inició con Lovegrove se centró en el plástico como material y en un reto que abría la puerta a nueva tipología de mobiliario: proyectar una pieza que pudiera funcionar tanto en el exterior como en el interior.

Ninguno de los bancos urbanos que existen actualmente en el mercado están pensados para que se puedan instalar en un interior. Y al contrario, el mobiliario para colectividades de un aeropuerto funciona muy bien a cubierto, pero no se puede sacar a la calle. Llevar la técnica de fabricación del polietileno rotomoldeado al mobiliario urbano era ya de por sí una innovación, pero hacer que esa misma pieza pudiera amueblar un aeropuerto, el hall de un hotel, la piscina de un jardín o el interior de una zapatería suponía inaugurar un nuevo concepto que finalmente se bautizó como de mobiliario para los espacios de tránsito (Transit Furniture Concept). Eso es lo que presentó Bd en la pasada Feria de Milán y poco antes del verano en Barcelona. Una colección de mobiliario bautizada con el singular nombre de www.bdlove.com que se compone de un banco, una farola y una jardinera que también ofrecen asiento, y una papelera de generosas dimensiones.

El plástico es fantástico
El banco es la primera de las piezas que se ha comercializado (el resto llegarán en la próxima primavera). Pesa apenas ochenta kilos pero se puede lastrar rellenándolo de agua o de arena si es necesario. La técnica de fabricación del material, que se pigmenta en masa, permite ofrecer una gama infinita de colores, algo que podría parecer un capricho pero que sin embargo es muy apropiado para los proyectos de interiores corporativos. Otra particularidad de este asiento es que es apilable para facilitar su almacenamiento y transporte y, lo más sorprendente, que pueden sentarse hasta diez personas a la vez.

Lo mejor de todo, y lo más difícil de conseguir, es que Lovegrove ha sido capaz de diseñar un asiento público que tiene el carácter de una escultura pública y alegre, capaz de provocar emociones. Incluso en los niños, que todos sabemos que son el público más exigente. Al verles saltar entre las dos jorobas del banco es fácil olvidarse de todas las dificultades que conlleva el desarrollo de un proyecto de este calibre. Desde las primeras ideas del diseño —conceptualmente adelantado unos años en el tiempo— hasta lo que supone fabricar una pieza de estas dimensiones partiendo de una simple maqueta. Para Bd, como empresa, ha supuesto toda una renovación. Pero para el diseñador, como corresponde a su categoría estelar, es sólo el principio de una revolución que según él abarcará a todo lo que nos rodea, desde los coches hasta la arquitectura: “hace 100 años, los coches, cámaras y aviones se construían en madera… hace 50 años, se transformaron en metal… y en nuestros días todo se convertirá en plástico… por que el plástico es fantástico”. / RU

El primer artículo sobre Ross Lovegrove publicado en la prensa española.