Reforma de un antiguo espacio industrial para convertirlo en vivienda y espacio de trabajo a la medida de nuestras necesidades, donde poder mezclar el ocio con el negocio. Una intervención austera con matices sofisticados en la elección de las piezas de mobiliario y el trabajo de color que hizo Pepa Reverter. Está ubicado en el barrio barcelonés de Poblenou, muy cerca del mar, uno de los lugares preferidos por los artistas y profesionales de la creatividad para vivir y trabajar.

Para el proyecto arquitectónico y la construcción contamos con la colaboración de Nuria Turró y Juan Ignacio Eskubi. Algunos años más tarde todo el espacio se dedicó al trabajo y la vivienda se convirtió en el taller de Pepa.

El proyecto original se publicó en el libro “Lofts” editado por Köneman en 2001 –y reeditado por Feierabend en 2003–, para el que escribí el texto que sigue a continuación.

Este es, sin duda, el proyecto más fácil del mundo. Es evidente: un proyecto de interiorismo para la reforma de un local tiene siempre el objetivo, primero, de conseguir espacios amplios y poder sacar el mayor partido de la luz natural. Todo eso, tan básico, y tan difícil de lograr en muchos lugares, aquí ya existía. La sólida y contundente estructura de esta antigua arquitectura fabril ofrecía más de trescientos metros cuadrados en planta, limpios y diáfanos, además de dos imponentes ventanales que los inundaban de luz a raudales. Un lujo de espacio que en las viviendas convencionales no existe.

De espacio y de libertad, absoluta para satisfacer un programa que en este caso aúna ocio y negocio. Vivienda, despacho y taller se reparten en la planta rectangular de manera ordenada e independiente, pero sin ponerle barreras a la vista, porque la actividad de sus moradores tampoco define fronteras: escribir un artículo, diseñar un libro, ilustrar un poema, pintar un cuadro o modelar una escultura pueden resultar actividades tan placenteras como preparar una paella o dormir una siesta en el altillo. Porque la generosa altura de techo del local permitió además ganar metros en un doble espacio, que se destinaron a enriquecer las visuales y acomodar las dos piezas más íntimas, el dormitorio principal y el taller de la artista.

Y por si fueran pocas las facilidades, los accesos desde la calle, con la doble entrada que ofrecían el montacargas y escalera, resolvían de manera natural la siempre saludable distinción entre amigos y clientes. Sin contar con la escalera de incendios que cuelga de la fachada principal y se brinda como vía alternativa de escape.

El resto consistió en una actuación sencilla para levantar las mínimas particiones posibles y en una labor decorativa que se debatió entre los gustos de sus promotores. Minimalista y aburrido el de él, vital y colorista el de ella. El cóctel es este resultado, que se podría resumir en una intervención austera con matices sofisticados en la elección de los complementos y de algunas piezas de mobiliario. Todo lo importante, incluido el silencio, ya pertenecía al lugar. / RAMÓN ÚBEDA

Proyecto de vivienda y estudio propios.

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