Texto de Marcel Benedito, director de las revistas Proyecto Contract y Distrito Oficina, titulado “Hay un hombre en España que diseña de todo”, para mi candidatura a los Premios Nacionales de Diseño.

Mi teoría es que, sin adjetivo, el diseño es algo impreciso, borroso. Siempre he pensado que es un error hablar de “diseño” como categoría absoluta que engloba un montón de actividades diferentes. Los diseñadores comparten un método, tal vez una forma de pensar el entorno… Como mucho, una serie de afinidades estéticas. El resto es profesión y cada uno conoce como nadie la suya: gráfico, industrial, moda, automoción, interior…

Pues bien, hay un hombre en España que me revienta la teoría y me obliga a cuestionar mis principios por el método marxista de buscar otros. Este hombre toca todos los palos del diseño y, lo más provocador, encima, lo hace bien.

Cuando le conocí, éramos colegas en el mundo de la comunicación y coincidíamos en ferias y cuchipandas del sector. Él era responsable de una publicación magistral que nos limpió los ojos de las legañas estéticas tardofranquistas. Dominaba el discurso creativo con un verbo afilado y chasqueante que mantenía a raya los feroces topicazos de la época. No negaré que tomé alguna nota.

Más tarde, se reveló como un gran diseñador gráfico capaz de tirar adelante un catálogo corporativo o crear una tipografía nueva como si estuvieran diseñados en Zürich. Poco después, se descolgó con una colección de lámparas para el jardín que se ha ido desplazando lentamente desde el césped hacia los museos. Ha sido director de arte de empresas que caminan sin apresurarse, ha descubierto profesionales de los que ahora presumimos en Milán, ha promovido materiales revolucionarios a base de cáscaras de almendra, ha diseñado espacios asombrosos, ha escrito libros interesantes… Y, por si toda esa hiperactividad se quedara corta, acaba de crear una empresa para producir los mejores billares del mundo. Sí, los de las carambolas.

Los que vivimos bajo la maldición de ser aprendices de todo y maestros de nada envidiamos con sanidad ese don divino que permite a este hombre meterse en todos los berenjenales con dignidad, oficio y resultados más que satisfactorios. La prueba está en su nueva página web (cuyo concepto es suyo, por supuesto) que te invita a dar un paseo gozoso por la historia del diseño reciente. Yo la pondría como asignatura obligatoria en las escuelas de diseño. No tanto por las cosas que allí se muestran (que también) sino por el concepto renacentista que saca la nariz detrás de los proyectos.

Me gusta llamar a este hombre que personifica el diseño español Ramón de Úbeda, porque la preposición le da un carácter medieval preflorentino que casa admirablemente con su talento poliédrico. Al estilo de Guillermo de Baskerville, para que nos entendamos, con quién comparte un cierto afán detectivesco, en la esfera de los crímenes a la estética. Que son muchos y, la mayoría, siguen impunes.

Si Ramón ha diseñado unos billares es porque el mundo lo necesitaba. Probablemente, se ha cansado de hacer carambolas en una mesa heredada del siglo XVII y ha decidido que era el momento de llevar el billar al futuro. ¿Si ya no usamos peluca empolvada, porqué hemos de jugar al billar en un armatoste de roble con patas torneadas y tapete verde feo…? Así piensa un diseñador y éste, en concreto, no da puntada sin hilo. No importa lo complicado que sea el lío en el que se mete que siempre sale indemne, sin una mota de polvo.

Ramón inventó el design thinking mucho antes de que los pesados de la Universidad de Stanford, California, nos abrumaran con sus teorías. Pero como es un individuo modesto y está a lo suyo, nunca lo va a reivindicar. Ramón nos recuerda continuamente que somos una potencia mundial en creatividad, aunque no nos sabemos vender. Por ello, promociona a geniales diseñadores emergentes con una generosidad poco habitual, llevando sus trabajos a medio mundo.

Es una pena que no se meta en política. Desde allí, podría desarrollar una gran labor didáctica y enseñar al rancio tejido burocrático que tenemos algo más que sol y paellas en este país y que el diseño no es un chester con floripondios. Dado su inquieto currículo, no descarto que lo haga algún día. Pero será difícil porque Ramón Úbeda es un tipo que, básicamente, encarna la cultura española, facción diseño. Y, como tal, está secuestrado por la belleza.

Francamente, no le veo cambiando el placer de diseñar un nuevo taco de billar por una carambola electoral. Qué le vamos a hacer. / MB