Texto para el catálogo de la exposición Mariscal en la Pedrera, organizada por la Obra Social de Caixa Catalunya, Tarragona i Manresa (Catalunya Caixa).

Este texto tiene un propósito: hablar menos de Javier y más de Mariscal, en plural. No ser otra oda a su persona y compartir alguno de los elogios que le regalan en este libro. Para empezar, con la familia. Desde el principio. Con aquel abuelo pendón de Zaragoza del que tomó el apellido. Porque los Mariscal son los Errando. Lo explicaba muy bien Juan Cruz en un texto publicado en El País, donde decía que la historia de esta saga familiar parece una película de Berlanga. Comienza a ponerse interesante en 1919. El abuelo, Federico Mariscal, se casó por interés y se le vio el plumero. No lo escondió. Le gustaba presumir de amante y le sacaron tarjeta roja. Tuvo que abandonar la familia antes de que hubiera nacido el fruto de su matrimonio. Junto a él, desterraron también el apellido. La abuela, Adelaida de la Hoz, se mudó a Valencia para alejarse de los cotilleos propios de la época y lo borró de un plumazo. Llamó a su hija María del Pilar M. de la Hoz. Eme y punto. La niña creció y en 1936 conoció al doctor Enrique Errando, que fue falangista y concejal de Sanidad en el Ayuntamiento de Valencia cuando acabó la guerra civil española. Se casaron y juntos sumaron once hijos: Quique, Pepe, Pilar, Chavi (Javier), Carlos, Nacho, los gemelos Santi y Jorge, Pedrín, Tono y Ada.

Javier Errando nació en 1950 en un elegante palacete de la capital valenciana. Fue el cuarto de los once hermanos y tuvo buena cuna. De niño le dio por escribir novelas –para Ediciones Casa Errando–, hasta que a los once años comenzó a cambiar la pluma por el lápiz. Descubrió el dibujo. También la música rock. Y el campo. Disfrutaba de los veraneos familiares con la abuela Adelaida en El Vado, cerca de Caspe. No llegó a conocer nunca al abuelo Federico, pero lo rescató del olvido cuando más tarde se independizó y tomó la decisión de adoptar su apellido como nombre artístico. El episodio completo del culebrón de los abuelos, los detalles de su infancia y adolescencia, el desencuentro ideológico y generacional con su padre, las melenas de la época hippy que ahora quiere convertir en una nueva película de animación, la llegada a Barcelona, los amigos de entonces y todo lo que acontece hasta que se hizo famoso con su mascota olímpica, lo cuenta el periodista LLàtzer Moix con pelos y señales en el libro Mariscal (Anagrama, 1992) a lo largo de más de trescientas páginas. La biografía, que ya entonces daba para escribir tanto, termina con un punto y aparte.

En 1989 nació el estudio que lleva también el apellido Mariscal. El encargo del Cobi obligó a Javier a profesionalizarse de verdad. Atrás quedaban los primeros años, que pasó en el desaliñado estudio-vivienda-almacén de la calle Rec Comtal, donde comenzó a rentabilizar su talento, y los que siguieron en el estudio-vivienda-piso espacioso pero burgués de la calle Valencia. Era ordenado y amplio, como son todos los pisos nobles del Eixample, pero no lo suficientemente grande como para acoger a una tropa de dibujantes y diseñadores. Y aunque estaba situado en una calle que se llama Valencia, la vida allí no se parecía en nada a la que añoraba de su ciudad natal. El traslado a Palo Alto lo resolvió todo. Hoy es obvio, pero había que verlo entonces, hace más de veinte años. El lugar es un antiguo recinto fabril del Poble Nou, un barrio de Barcelona que antaño concentraba toda la actividad industrial. Por eso lo llamaban el «Manchester catalán». Palo Alto había albergado una curtiduría de pieles, antes de que un personaje llamado Pierre Roca se dejara la suya en la aventura de convertir un conjunto de naves abandonadas en el oasis de creatividad que es hoy.

Mariscal fue de los primeros en instalarse. No le importó que entonces el lugar estuviera alejado de la civilización. Ni las carencias y dificultades de los comienzos, que se tradujeron en el fracaso de su sociedad con Carmelo Hernando (constituyeron EHSA, Errando Hernando SA) en menos de un año. Tampoco se arrugó cuando le tocó liderar el proyecto de reconversión de Palo Alto tras la marcha de Pierre Roca. Tenía el mar a cuatro pasos y miles de metros cuadrados para recrear un escenario donde trabajar a su gusto. Poco a poco, fueron llegando otras empresas que rehabilitaron y dieron nueva vida a los viejos espacios. Palo Alto florecía. Literalmente. El Estudio Mariscal ocupa dos plantas del edificio principal. No resulta fácil encontrarlo, porque está completamente forrado de plantas trepadoras y buganvillas. En el recinto hay una cantina, un huerto y una nave que se mantiene libre para organizar festejos. Hasta hace poco había también un sitio para los niños, habilitado como escoleta de verano. Sin el espíritu valenciano y familiar de Mariscal no existiría este lugar. Es un zoquete para las finanzas y tiene una habilidad innata para arruinarse, pero el tipo es listo. Cuando le dijeron que para crecer profesionalmente tenía que poner orden a su talento y montar una estructura empresarial, supo ver tras ello la oportunidad de reunirse de nuevo con la familia.

Llegaron para quedarse Santi, Pedrín y Tono. Los Errando contribuyeron a la organización del estudio, aportaron energía e ideas, pero sobre todo equilibrio, el que Javier necesitaba para poder seguir trabajando con libertad. Santi tenía experiencia como gestor de empresa y asumió ese papel en el equipo. Es un pilar fundamental, cariñoso y generoso. Pone orden en la economía para que los demás puedan divertirse trabajando. Pedrín había sido diseñador de moda y había triunfado en los años ochenta con su marca Tráfico de Modas. Sufrió uno de los descosidos habituales en la moda española, colgó las tijeras y supo recuperar la creatividad cuando llegó al estudio. Es un buen dibujante, reflexivo y eficaz en la gestión creativa. Se siente feliz como curator de la exposición Mariscal en La Pedrera. Tono es el hermano menor, una ventaja para que te dejen hacer lo que quieras. Escogió la danza y dio pasos de baile junto a Maurice Béjart antes de convertirse en un profesional del mundo audiovisual. Realizó videoclips para grupos como Seguridad Social, Radio Futura y Duncan Dhu. La banda sonora de su trabajo en el estudio es de jazz latino. Firma como director, juntamente con Javier y Fernando Trueba, la película Chico y Rita, un musical de animación que lleva al cine muchas de las pasiones de Mariscal.

La puesta en escena es importante para cualquier empresa que se dedique al negocio de la imagen y el diseño. A Javier le tira el mundo del teatro desde que era un niño, más como actor que como espectador. Lo demuestra cada vez que le invitan a dar una conferencia, y se percibe nada más abrir la puerta del estudio. Te recibe un ambiente plácido adobado con los objetos propios del universo Mariscal. Hay una gran librería, ventiladores en el techo y un mobiliario cálido. El protagonismo es para los colores. Cada uno con su nombre: azul y verde piscina para algunas paredes, amarillo Nápoles para otras, azul navy para el techo. Hay una sala blanca al fondo y la llaman por ese nombre. El piso de arriba es multiuso. Sirve para pintar, construir maquetas, editar vídeos o alojar al centenar de dibujantes que pueden hacer falta para realizar una serie de animación. El número de personas que trabajan en el Estudio Mariscal varía en función de los proyectos que están en marcha, pero hay un pequeño grupo de diseñadores gráficos que se mantiene desde el inicio. Sergio Muñoz y Cristina Rakosnik están desde el primer día. Blanca Cumellas y Jorge Penny llegaron después. Casi todos procedían de la antigua escuela Elisava, la misma en la que se matriculó Javier cuando llegó a Barcelona. Llevan tanto tiempo con él que se han hecho imprescindibles.

En este estudio multidisciplinar hay también otros papeles destacados. José Manuel Urós –Reiet– es especialista en tipografía y miembro del colectivo Type-Ø-Tones, además de experto musical. Àngels Manzano lleva una década verbalizando las imágenes que produce Javier, como ella misma explica en estas páginas. Alba G. Corral está al mando del sitio web. Arnau Quiles se ocupa de la edición de vídeo. Lara Rodríguez y Federico Alfonso son los arquitectos en los proyectos de interiorismo. Ricard Solà hace los trabajos de diseño industrial. Hay comodines creativos que van y vienen, como Izqui. Nunca falta Albert García cuando se le necesita. Y, por supuesto, para ofrecer buena imagen, gestionar cuentas y administrar están Loles, Tania, Pilar, Eva, Tere, Mariló y Olga. En total son una treintena, incluidos los becarios. En la puerta de al lado se encuentra Fernando Salas, que es el más cercano de los colaboradores externos habituales de Javier. Trabaja con él desde los tiempos del bar Dúplex. Es un logro por partida doble: saber escoger a los compañeros de viaje tiene tanto mérito como saber conservarlos. Otros habituales del estudio son Pepe Cortés, Alfredo Arribas, Dani Freixes, Mario Eskenazi o Pere Casanovas. La lista es mucho más extensa e incluye algún caso exótico, como el de David Carson, que vino un verano de visita y pidió quedarse una temporada, como cualquier otro becario.

Al igual que el famoso diseñador californiano, todo el mundo debería poder visitar el estudio alguna vez. Es una experiencia, tan gratificante como ir a El Bulli. Trueba le suele decir a Mariscal que es su mejor obra. Desde luego, es la antítesis de un edificio de oficinas. Te abre la mente. Da buen rollo. Es un espacio amplio y amable. Con buena luz, sin paredes y con pocas reglas. Si acaso una, trabajar a gusto. Los horarios son flexibles. Siempre suena la música. Todas las mañanas se reparten bocadillos. Hay zonas con sofás para hablar, leer el periódico o dormir la siesta al mediodía. A veces se escuchan niños. Pero nadie se molesta. Todo tiene un aire de retrato de familia. / RU

Texto para el catálogo de la exposición Mariscal en la Pedrera, organizada por la Obra Social de Caixa Catalunya, Tarragona i Manresa (Catalunya Caixa).

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